El tricolor inundó la redoma de Guaparo
Gente de la Cultura retoma el legado de Juan Loyola, aquel artista plástico que en varias oportunidades fue privado de su libertad por plasmar en vehículos –que él llamaba “chatarras” – y lienzos la inspiración de su vida: la bandera nacional
Nair Castillo
VALENCIA
“Río de Banderas”. Artistas carabobeños cosieron sus tricolores
Vienes a mí como un nuevo mandamiento:
mandala, mandala, justicia, justicia; mandala, justicia.
Así tituló Loyola una de sus obras, como si se tratara de una premonición. Como si en 1994 claramente hubiese visto lo que ocurriría ocho años después.
La bandera nacional dejó el rincón de los hogares, ese sitio recóndito de donde salía para ser izada en días festivos, para convertirse en el estandarte más preciado por los venezolanos.
Quién lo diría, Juan Loyola!
Gente de la Cultura nace como una respuesta a la necesidad de sumar esfuerzos y de articular acciones que den coherencia política a la actuación de quienes viven con gran preocupación la actual situación venezolana, y se ha propuesto participar activamente en las jornadas de resistencia cívica.
Entre los miembros honorarios y fundadores de esta ONG destacan José Antonio Abreu, Margot Benacerraf, Soledad Bravo, Manuel Caballero, Isaac Chocrón, Luis Brito y María Guinand.
La convocatoria fue aceptada en Carabobo por un grupo de artistas plásticos de la entidad.
Encabezados por Francisco Bugallo, Nadia Colasante Materán, Iris Goicochea, Mirna Montero y Ekaterina Afanasiev, se reunieron en la redoma de Guaparo, de la ciudad de Valencia, con decenas de personas vinculadas al quehacer cultural, para, juntos, con aguja e hilo en mano, coser su bandera a los 300 metros lineales del tricolor nacional que arribaron a la capital provenientes de Caracas y Maracaibo.
Músicos, actores, escritores poetas, fotógrafos, bailarines, cantores, productores, administradores de cultura, profesionales, estudiantes, artistas plásticos y todo aquel con vocación humana, se sentaron “en un gesto fraterno, en defensa del mayor patrimonio de la humanidad, la libertad”, como lo califica Colasante Materán.
Paralelamente, algunas personas dejaron asentadas sus expresiones en hojas de papel que fueron colgadas en un mecatillo con ganchos de ropa, como una manera de lavar, de expresar ese sentir que quiere salir para no morir en el intento.
Una vez lista la costura y plasmado el detalle personal en el tricolor, los 300 metros de allá se unieron al otro tanto de acá para formar un inmenso río que, al son de los Tambores de Millán, bailó por la redoma entre vítores y cantos y al que se sumó la marcha de la Red Democrática Universitaria.
Como dijo Bugallo:
“Cultura y educación reunidos en defensa de la libertad”.
Al finalizar la actividad, denominada “Río de Banderas llega a Valencia”, se constituyó el capítulo Gente de la Cultura de Carabobo, que será el organismo encargado de organizar asambleas y foros tendientes a darle el sí al referéndum consultivo previsto para el 2 de febrero.
LOYOLA: “EL ARTE ES LA VERDAD PORQUE CREA LO QUE DEBE SER
DENISE TOURON UNDA
Los artistas plásticos no quisieron esperar más. Ayer, Juan Loyola y estudiantes de la Escuela de Artes Plásticas “Cristóbal Rojas” decidieron manifestarse, pero de una manera diferente, como sólo ellos saben hacerlo, a través de la palabra traducida en el arte.
A las puertas del edificio de los tribunales, ubicado en la esquina de Pajaritos, dieron inicio a una protesta que se extendió por casi dos horas. Llegaron al recinto de la justicia venezolana, y entre los colores de la bandera (amarillo, azul y rojo), Juan Loyola se elevó en un discurso que tenía la intención de reivindicar el derecho del venezolano a su libertad, una libertad que no debe ser mendigada, sino ejercida.
Siete jóvenes estudiantes, vestidos de blanco, recordaron las siete estrellas. Cuando irrumpieron en el lugar, rasgaron unas bolsas plásticas llenas de pintura azul, amarilla y roja. Todos se arrastraban en el piso, fundiendo los colores patrios en un tono arcilloso. Las palabras de Loyola avanzaban, y la presencia de las siete estrellas, enlodadas en la pintura arcillosa, pues la acción tricolor ya había desaparecido, remitían al tenso espectador a ver su integridad moral llevada al caos, a la expresión máxima de irrespeto, al ser humano digno de una vida mejor.
El discurso terminó, y los cuerpos yacían en el suelo de una manera triste, destrozadora de las ilusiones más nobles. Pudo haber sido una a “la libertad guiando al pueblo” (Delacroix), pero no, esta vez esa libertad está subyugada por la situación del país.
Y LOS COMUNICADORES SOCIALES…
Ante esta protesta pacífica esperaban, pero, ¿qué esperaban? La respuesta de la Guardia, la DISIP, o Seguridad. Sin embargo, pasó más de hora y media, y nadie actuaba.
Los cuerpos continuaban en el piso, uno sobre el otro; y pronto la pintura comenzaría a intoxicar a los estudiantes, que junto al artista plástico Juan Loyola hacían responsables a periodistas, fotógrafos, de decir siempre la verdad, y por lo tanto “deben velar por nuestra integridad física y moral, repetía una y otra vez el presidente del Centro de Estudiantes de la “Cristóbal Rojas”, José Gregorio Castro.
Los efectos de la pintura comenzaron a manifestarse en los muchachos: temblor en el cuerpo, frío, mareos. Al fin, una juez procedió a una inspección ocular y, preocupada, en primer lugar por la salud de los manifestantes, pidió a la DISIP que tomaran al grupo de personas y los llevaran al puesto de asistencia médica más cercano.
El inspector de la DISIP, Roberto Marcano, se acercó a los artistas plásticos y pidió que no se resistieran. Ya cansados de tanto esperar, y preocupados por uno de sus compañeros, que ya presentaba indicios fuertes de intoxicación, accedieron a ser trasladados al Hospital “José María Vargas”.
Al salir, Loyola gritó consignas a favor de la patria, dio nuevas declaraciones a la prensa y televisión, recordando el pensamiento bolivariano.
LA JUSTICIA SE DETIENE
Por dos horas los tribunales no trabajaron, y en su lugar, Juan Loyola se encargó de refrescar la memoria colectiva, la memoria histórica del valor que representa ser dignos y venezolanos.
Las personas se agolparon en las puertas del edificio situado en la esquina de Pajaritos. Curiosos por lo que sucedía en el lugar, trataban de rescatar las frases que decía el artista plástico y que no podían escuchar.
Con los pensamientos de Bolívar: “Hagamos triunfar la justicia y haremos triunfar la libertad”; “Más vale una libertad peligrosa, que una esclavitud tranquila”; “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella”, Juan Loyola señaló que Venezuela se convirtió en un pueblo golpeado. No se ha hecho justicia con Recadi, el caso de El Amparo y los hechos denunciados por la prensa. Insistía Loyola en que se debe recuperar la justicia, la dignidad y la esperanza.
Hasta que Loyola no abandonó el lugar, los tribunales no dieron inicio a sus actividades.
EL DIARIO DE CARACAS, martes 15 de mayo de 1990.
Aunque me cueste admitirlo, se nos fue el loco que con sus chatarras y tricolores buscaba sensibilizar una sociedad frivola y materialista que desconoce que la riqueza no se encuentra en lo material sino en nosotros mismos, en lo que somos y seremos, en lo que hacemos para ayudar a otros y sobre todo en lo que hacemos para dignificar esta patria que tanto nos ha dado. Por eso Juan… asi como me decias… hermano de luchas y batallas, el eco de tus palabras se mantendrá eterno… supiste en cada rincon del mundo al que llevaste nuestro tricolor, hacer sentir venezolano a todo aquel que ignoraba nuestra raices y desconocia la importancia cultural y social que representaba tu obra, tu liderazgo quedará grabado en la memoria de los que mantenemos el ideal que sembraste, tu obra Juan será eterna y no descansaremos hasta lograr los objetivos trazados… aunque la muerte trate de separarnos, asi como hoy ha hecho contigo, el destino seguirá uniéndonos para hacer de nuestras casualidades, objetivos de lucha y vida… Nos duele que nos hayas dejado, no podemos aceptarlo… no podemos nisiquiera creerlo… pero sabemos que has viajado a cumplir otros objetivos junto a todos esos luchadores que día a día dejan de ser para dar, dejan de tener para estar, ahora ya entiendo por que nuestras lágrimas cegaban la visión de tu ataud, ahora entiendo que no haz muerto y estoy seguro que al ver a nuestro niños sonriendo y jugueteando te veremos en la mejor de tus representaciones…
ahora Juan… amigo eterno y hermano de ideales entiendo que estas más vivo que nunca!!!
Giampiero Posa
En la ciudad de Caracas
un día del año 1999
Pedro Lemebel.
En Latinoamérica, la historia de las Artes Visuales, redobla, por imitación, la gran historia del arte universal. Un doble coloniaje estético sustenta los andamios del arte mestizo que, a destiempo, fue reproduciendo los estilos y las modas culturales, con el “rictus” gastado de la iconografía cultural. También, esa inspiración retocada de rapé impuso el status sagrado del artista, que lo ponía sobre los demás mortales, y su obra era un objeto de consumo para la élite, amante de los códigos iluminados de las bellas artes.
A partir de los “ready makes” de Duchamp, o los performances e instalaciones de Benys, dos propuestas que rebajan y desmaterializan el bello objeto, el arte contemporáneo agudiza el cuestionamiento de las vanguardias a la tradición. Surgen corrientes que irán socavando el comercio de las obras y la trascendencia esotérica del arte, por aproximaciones a la realidad contingente, apostando a la acción y al gesto político, más que a la mano artesana del artista. Estos sismos culturales tienen repercusión en América Latina, que también redobla la crítica y el desmantelamiento de la catedral artística. Corrientes conceptuales, arte pobre, body art, y otras, van a ser usadas por los artistas de acá para producir obras transgresoras de su marco opresor.
Así, las artes visuales se cruzan con los sucesos políticos que enmarcaron su propuesta en las dos últimas décadas: las dictaduras militares, la ocupación del territorio y la utopía liberadora del continente. En estas décadas, surgen artistas que, más allá de la tela, pusieron el cuerpo como soporte de batalla, al graffiti como alfabeto clandestino, la acción colectiva por la individualidad metafísica, o las producciones de sentido (ideas) por el formato artesanal. Estos artistas rechazaron la institución museo-galería, y efectúan sus trabajos e intervenciones en el espacio público, abierto y anónimo del transeúnte.
De esta manera, los tiempos recientes fueron un escenario activo para el desacato político a la empresa del arte. Quizás, uno de los gestores menos conocido, o más bien, anulado por su radicalidad, es el venezolano Juan Loyola, un artista conceptual que enarbola su bandera, instalándola en los lugares menos institucionales. Hace flamear su tricolor venezolano, devolviéndole al fetiche nacionalista una libertad que desritualiza el trapo oficial y lo ocupa, para arropar su territorio, traficado por el oro norteamericano.
Pero, también para Loyola la bandera es un arcoiris de tres puntas, y esos colores primarios (amarillo, azul y rojo) son su paleta de pintor. Como si lo primario se relacionara con lo indígena de su cara. Como dice un comentarista: “el uso de la bandera, que en cualquier otro correría el riesgo de convertirse en un tic retórico de la más baja estofa patriotera, en Loyola revive y flamea como llama rebelde, haciendo renacer el símbolo que dormita ajado y entristecido a la espera de ser colgado, oloroso a naftalina, en el próximo día de júbilo aldeano”.
Pareciera que Loyola sangra este tricolor, en cada apropiación de los lugares que interviene, le da a cada espacio el tratamiento político-estético que arrea la oficialidad, y enarbola una pluralidad de sentidos. Una constante de conflicto con la institución y las fuerzas del orden, que continuamente desmantelan su trazado.
Juan Loyola nació en Caracas, en 1952, y pudo vivir las utopías de los sesenta. Gestor de numerosas acciones artísticas, destaca entre ellas la “Rebelión de los Plásticos” : frente a los tribunales de justicia, un gran número de artistas de la escuela “Cristóbal Rojas”, de Caracas, se adhirió a las masivas protestas por el aumento de las tarifas del transporte. Ese día, salieron las tropas a la calle. Este es uno de los sucesos conflictivos que ha protagonizado Loyola en Venezuela, que, como otros, le han valido la cárcel, la negación de los espacios culturales, y el aislamiento por una obra nada complaciente.
Más allá de las fronteras de su patria, Loyola ha participado en varias Bienales importantes, como las de Venecia y Sao Paulo; también ha recorrido el mundo, desplegando su Venezuela tricolor en el “kitsch” del trópico iridiscente.
Hablar de Loyola es también hablar de su apuesta contra el mercado del arte, en su infinito afán transgresor y creativo. De sus incursiones en la poesía, más bien, de su poética patria, que se desterritorializa en el uso inusual de los emblemas. En un solo gesto trata de recuperar la autonomía y desalojar la modernidad norteamericana que arrasó con su Venezuela. La boca yanqui que se tomó hasta la última gota de petróleo, el “oro negro” que Loyola reembolsa a la tierra, estrujando el trapo nacional y su colorido respeto.
Abordar su obra es hacerle justicia a un productor cultural latinoamericano, que se toma el arte conceptual como desacato a la depredación extranjera. Así, Loyola adopta el gesto vanguardista foráneo, y lo revierte como denuncia frente a la misma ocupación. Es como si “aprendiera la lengua dominante, pero para maldecirla”. O se revistiera de un nacionalismo exacerbado para pluralizar una retoma de sitio.
La obra de Loyola sólo se conoce por los registros fotográficos y por una colección de fotopostales que dan cuenta de sus numerosos trabajos plásticos. En ellas, se observan sus intervenciones corporales en Venezuela y otras partes del mundo. Como en la isla de Margarita, un lugar paradisíaco, pero traficado por yates y gringos ociosos. Allí, el artista despliega la bandera, recuperando, en ese gesto político , su independencia. Pero, también los colores primarios se funden con el paisaje y con Loyola, que sustenta el entorno con el mástil en la mano. El azul se “calipsa” con el Caribe, el amarillo calienta el sol de las arenas, y el rojo coincide con la camisa de Loyola, sangrándole el pecho de púrpura india.
Otra de las intervenciones en Margarita lo muestran sobre la arena, bajo un alud de autos en miniatura, pintados de tricolor. Ahí, Loyola es el suelo herido por carreteras y autos que dejan un cementerio de escombros en la piel dorada de la isla. Más bien auguran el desastre ecológico en el espacio natural que usan las grandes potencias como basurero de la modernidad.
Otro trabajo que hace en la isla, en 1988, es una intervención llamada “Como si estuviera solo”. Frente a dos espejos, Loyola se refleja multiplicado, como rodeándose de sí mismo, acosado por su propia creación. Como si él fuera una isla en medio de otra isla. Quizás como última rebeldía, que, solitaria, se enclaustra en el caleidoscopio de los espejos.
Ese mismo año es invitado a la Bienal de Venecia, donde realiza una performance, en la plaza de San Marcos, que él llama “Intervención y diálogo con una paloma tricolor” . Este trabajo pareciera ser una inversión del diálogo cultural entre América y Europa. Loyola pinta una de las muchas palomas de la plaza con su reiterado tricolor, y él se viste en blanco y negro, invirtiendo raza por fauna, al trasvertir al pájaro italiano con el tornasol de los papagayos. Es decir, Loyola es un papagayo en Europa, y el diálogo cultural se transforma en una conversa de aves que no tienen nada en común, excepto el picoteo de las migas que arrojan los turistas de Venecia.
Este artista venezolano no se deja seducir por la maqueta europea del arte, y reitera su porfía indoamericana en París. En otra acción que titula “Intervención a mi propia identidad”, Loyola se maquilla el rostro y la cabeza con la franja amarillo-rojo-azul. Pero el azul traza rayos, simulando las tormentas del cielo venezolano. En un salón de peluquería o estética francesa, Loyola atenta contra su propio rostro indígena con el “make up” de la cuna de la moda. Con este gesto es como si dijera: estoy en París, pero todo París me ve latinoamericano, por eso me pinto de pájaro tropical sobre el maquillaje tercermundista.
Al regreso de Europa, Loyola no pierde oportunidad para producir obras, y en el mismo avión se retrata con la banda presidencial y un cartel donde se lee: “Bienvenido Presidente”. Así, parodia la seriedad del gobernante con una mueca que tuerce el discurso oficial.
Antes, en el año 1982, en una de sus primeras instalaciones llamada “Chatarra”, utilizó chasis de automóviles pintados de bandera, con un cartel que decía: “Hecho en Venezuela”. Uno de los pocos críticos que hablan de su obra dijo: “Trabajando ante los ojos del vecindario dio inicio a la etapa de las chatarras. Esos residuos herrumbrosos que manchan nuestras ciudades, quedaban convertidos en brillantes obras de arte, luciendo el tricolor que los burócratas confunden con el signo de la patria”. A esto mismo, Loyola le agrega: “Esqueleto por esqueleto, frío chasis que anunció la vida en retirada. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil. Fui denuncia desesperada, último intento por recobrar el aliento de un país que se estaba perdiendo”.
Acaso Loyola presiente que la modernidad se lleva su huella de tierra en su barrido. Acaso este mismo Loyola retiene por un momento un arcoiris que cree suyo, y que se lo arrebatan, mixturándolo, contagiándolo del tecno, de la siutiquería de la teleserie venezolana, del “chévere” de Caracas y sus caracoles de espejos, que pálidamente reflejan a la indiada venezolana. Acaso Loyola, con su polémica obra, es la repulsa colectiva de toda una generación que vio impotente el desmantelamiento de sus ideales. Testigos de la usurpación del territorio, convertido en carroña reciclada para el consumo de la llamada postmodernidad. Seguramente, este artista y otros son los últimos ecos de un pasado reciente que acusa la crisis de la identidad latinoamericana.
De esta manera, Loyola quedará enredado para siempre en los pliegos de su bandera. Como dice Pierre Restany: “Es la identificación de un hombre con la simbólica de los colores patrios, que puede ser banal en su extrema sentimentalidad y, sin embargo, es un destino que se inscribe en un país donde todos los valores son pisoteados sistemáticamente”.
Aunque a destiempo, este año tendremos en Chile a este artista, que ha visto retrasada su venida por el nuevo conservadurismo artístico imperante, y también por el arte postmoderno, que lo relega a un esencialismo patriótico.
El Museo de Arte Contemporáneo está haciendo las gestiones para que visite nuestro país.
Sin duda, será interesante ver la otra cara de la Venezuela televisiva. Las plumas tricolores de Loyola flameando al sur de la utopía tercermundista. En fin, un excedente de la vanguardia latinoamericana, arrasada por el recambio de los ’90, que, como dice Loyola: “fue vehículo, fue fiel y fue inútil”.
“PAGINA ABIERTA” No. 86, Quincena del 26 de abril al 9 de mayo de 1993.
Diario LA NACION, Santiago de Chile.
JUAN LOYOLA: DIALOGO ABIERTO POR UNA GRAN VENEZUELA
Comandante Luis Alfonso Godoy.
“Qué soledad tan inmensa,
qué difícil es vivir
a la patria con amor,
aunque me cueste la vida”
Conocí a Juan Loyola en el velorio de otro Juan, Ibarra Riverol, mi jamás ausente compañero de causa, asesinado por el mismo poder que asesina a la Patria. Las palabras que me dijo tenían tanta profundidad y sentimiento reconfortantes, que no pude evitar la reflexión inmediata sobre los llamados «punks”. Jamás hubiera podido imaginar siquiera, que detrás de esa apariencia engañosa del momento, se escondía un hombre tan serio, profundo y preocupado, verdaderamente, por el destino del país. Era la imagen y contenido totalmente opuestos a los de nuestro incongruente machismo.
Mi asombro no tuvo límites, cuando en el clímax de mi riesgo; cuando era el blanco fijo de cualquier francotirador, se puso a mi lado, para continuar ante la opinión pública, lo que había empezado con un militar, insustituible y con alma de héroe.
Descubrí que el valor y la renunciación a la vida, por causas justas y patrióticas, ni es exclusivo del militar, ni de los hombres con apariencia de macho.
Coincidencialmente, una mujer, pero no una mujer cualquiera, en ese mismo lugar y día, también decidió, con vocación de heroína, compartir el riesgo común: Esperanza Martinó. Una dama y un “punk”. Dos “locos”. Así llaman en Venezuela, a quienes se niegan a la complicidad con el sistema y lo enfrentan sin miedo a las peligrosas represalias de sus gobernantes.
No es tan fácil diferenciar entre un artista que toma el camino de la revolución, y un revolucionario que haya incursionado en el mundo de las artes. Pero en el caso de Juan Loyola esta duda es inexistente. El artista y el revolucionario auténtico están presente en la mente, alma y corazón de este singular pintor, poeta, performancista, cineasta y hombre de luchas riesgosas por los más elevados ideales de patria.
Cuando se ve a Juan Loyola a distancia, nadie puede imaginar que en él hay todo un vértice de fuego y el volcán mismo de la más patriótica de las revoluciones. Loyola es, en sí mismo, la revolución. Esa que tanto el país necesita: la de Juan. Como su nombre. La del pueblo y para el pueblo. La que acaba con tantos abusos e injusticias en contra de los más necesitados.
Por ella, Juan Loyola ha venido realizando un difícil y peligroso trabajo en el campo del arte. Que casi siempre tiene el epílogo de ir a parar entre rejas, porque el régimen no tolera verdades espectaculares. Ni a individuos de conducta distinta a la impuesta por la “disciplina” de partido a sus miembros: el silencio, el encubrimiento, la mentira.
Poner entre rejas a un artista, y hasta de arrastrar y amenazar con la destrucción de su obra, cuando está utilizando moralmente su lenguaje artístico para expresar su patriotismo, es encarcelar y destruir brutalmente el arte. Le han quemado sus obras. Lo han botado de los salones de arte. Lo han botado hasta de la calle. Han tratado de ocultar todo su trabajo. En nuestro país. Por expresar verdades completas. En el extranjero ha sucedido todo lo contrario. Él y su obra gozan de estimación y aprecio.
Es que acaso el arte tiene que estar comprometido con el sistema, con su corrupción y sus crímenes, para que sus autores puedan realizarlo sin riesgo. En Venezuela es un delito ser artista, y patriota inconforme y activo; ser honesto y luchar con dignidad y sin cortapisas contra una realidad bochornosa y execrable. El execrador resulta execrado.
El artificio descalificador (utilizado por los más descalificados) es decirle públicamente, a todo el que exprese algo consistente en contra de sus fechorías, que “es un pantallero en busca de publicidad”. La incapacidad para asimilar el mensaje crítico profundo, libre y sin miedo del remitente, refleja la pobreza interior de los destinatarios, que siempre reaccionan con la represión. Juan Loyola defiende, hasta con su vida, ese sagrado derecho a la libertad de expresión, a través del Arte no convencional ni entreguista. No acepta la manipulación de su lenguaje artístico, ni el ejercicio de un arte sumiso, a cambio de favorecimiento o cuotas de poder. Se rebela contra los convencionalismos y la hipocresía sistematizada.
Juan Loyola interviene, verdaderamente, con su arte, la realidad actuante. Con el firme propósito de contribuir a su cambio, a su corrección, en aras del bien común. Sustituye los juicios artísticos clásicos de la belleza externa del arte, por los de la belleza interior, oculta en sus elevados propósitos de transformación positiva de lo que repudia, a través de su espectro humano y artístico. Esa estética, junto con lo ético-moralizante de su mensaje, dirigido a hollar en la consciencia de la sociedad, para que reaccionen, configuran la síntesis de la hipersensibilidad de su arte humano, frente a la problemática nacional que le tortura. El hombre, el artista y la realidad, son un ente único, en función de patria, a través de una simbología propia. Es un obstinado por contribuir a la edificación en la Venezuela que sueña y ama. Por eso va siempre más allá de lo puramente artístico, para convertirse en El Artista de la Denuncia Profunda.
La obra de Juan Loyola ha traspasado las barreras de nuestras fronteras, con excelentes reconocimientos en Alemania, Italia, Francia, Bélgica, Canadá, Brasil, Ecuador, Colombia. Personas de la talla de Julio Le Parc han escrito para reconocer su extraordinario talento y méritos. Uno de los críticos de arte más serios y destacados del mundo, el ítalo-francés Pierre Restany, ha expresado, en su divulgado escrito “Juan Loyola o la rebelión de un creador sudamericano”, los conceptos más elogiosos y justos sobre su persona, su personalidad artística y su obra.
La pregunta es inevitable, ante la realidad de este joven y multifacético artista, singular y audaz, que se ha proyectado internacionalmente por esfuerzo propio: ¿Por qué los críticos venezolanos, a pesar de los años de trabajo y del sacrificio de Juan Loyola, y de sus reconocidos méritos en el exterior, nunca han escrito nada sobre él, ni para bien, ni para mal? ¿Será porque, todo aquel que asume en nuestro país una auténtica posición de defensa de los verdaderos valores del individuo y de la sociedad, cae en el peligroso desprecio de una práctica execrable, de marginamiento y destrucción de su obra? ¿O es que solamente tiene validez para nosotros lo ortodoxo, lo dogmático, lo sistemático?
Lo que puedo responder a mí mismo, sin temor a equivocarme, es que ha habido una inmensa injusticia de los profesionales de la crítica del arte para con este compatriota.
Cuando Venezuela conozca también al Juan Loyola poeta, verá cuánta grandeza de alma y riqueza espiritual ha permanecido desaprovechada en este multifacético cultor de las Bellas Artes.
Como militar, me es honesto confesar que no he tenido la oportunidad de conocer a alguien, incluido yo mismo, que ame tanto nuestra Bandera Nacional, como Juan Loyola. “Quisiera que cada venezolano colocara la Bandera como cubrecama, para que al acostarse y al levantarse, su primer y último pensamiento de cada día sea Venezuela; y así aprenderíamos a querer más a nuestro país”, le oí decir en alguna oportunidad a este artista del tricolor nacional. Bien podríamos bautizarlo como Juan “Bandera” Loyola.
Los venezolanos estamos comprometidos moralmente a seguir de cerca las manifestaciones de su arte sin par. El pueblo debe estar pendiente de su mensaje. Está dirigido siempre a favorecerlo.
La realidad de Juan Loyola no es distinta a la mía. El motivo de preocupación esencial es el mismo: Venezuela. El modo de proceder, idéntico: la denuncia de fondo. Ambos somos agentes de una posición activa, incesante e irreductible, que sólo cuenta para unos pocos, e inútil y quijotesca para la mayoría.
Por esa coincidencia feliz, y por todo lo extraordinario que hay en Juan Loyola, estoy presente junto a su obra y a su perseverante esfuerzo nacionalista. Venezolanista.
Los venezolanos todavía no sabemos cuánto vale su sana pasión por la patria.
No obstante, todo lo admirable que hay en él, y sus elevados propósitos, es paradógicamente muy significativo que, desde París, Pierre Restany haya dicho: “…Yo tengo miedo por él”.
Galería Los Espacios Cálidos, Ateneo de Caracas
El Nacional, 27 de abril de 1986.
LOYOLA: EL ULTIMO PATRIOTA
Doris Seguí
Lo menos que se puede decir de Juan Loyola es que es el último patriota. Para muestra, basta con la grabación de su contestadora telefónica: “Aquí un Juan Loyola feliz, amando a mi patria desde el fondo de mí mismo. Arrancándole a la vida un pedazo de esperanza, un pedazo de amor, para compartirlo contigo. Deja tu nombre y teléfono. Te deseo la mayor suerte del mundo”.
Es así. Pintor compulsivo, de todas las versiones, habidas y por haber, del tricolor nacional; poeta y , por sobre todo, un enamorado con celos enfermizos de una novia que se llama Venezuela. Es considerado subversivo. A juicio de muchos, ofende al símbolo patrio.
Ha estado preso por lo menos treinta veces, y asegura haber sido golpeado, apaleado y perseguido. Pero no le importa. Él sigue en la pelea, porque se siente un valor en el momento en que los valores están resurgiendo a fuerza de crisis. “Todo el mundo se arrinconó en su individualidad…creyendo que el excremento que se levantaba no los tocaría. Hasta que los tocó, como ha tocado a todo el que vive en este país”.
Loyola tiene más de diez años anunciándolo. Cuando nadie hablaba del Banco Mundial, cuando sólo la élite sabía de la existencia del Fondo Monetario Internacional, como un hecho cotidiano, y tal vez perturbador. Ya por esos días, andaba haciendo performances por Sao Paulo, anunciándole al mundo, con una foto de Vinicio Carrera entre pecho y espalda, que el FMI iba a hacer que se mataran hermanos con hermanos. Todo a fuerza de miseria.
“Hasta hoy la gente (e incluyo a los intelectuales) creía que yo estaba loco cuando gritaba y peleaba. El problema es que el conocimiento te ata irremediablemente a la realidad. Ser intelectual no es una fiesta”. Se revuelve en la silla, gesticula, manotea, se levanta, camina, grita. “Y la única musa verdadera que existe es la realidad”.
Habla del amor a la patria, en días cuando el tema es cualquier cosa menos la patria. Cuando el dólar puede ser protagonista. O un buen software, o la crisis del gobierno, y cómo afecta al hombre común. Hasta de Chávez. El país, pero no la patria. Todo, pero no la patria. Y uno se siente como si el libro de Historia de Venezuela, de Cuarto Grado, hablara: la bandera, el escudo y el himno nacional.
Juan Loyola, bien vestido, “porque no me da la gana de que me vean zarrapastroso y digan que ando pelando bola”, reclama y grita. “Es fácil ser revolucionario cuando no se tiene nada. Pero cuando se tiene, es mucho lo que se arriesga”. Y está consciente de que el asunto puede costarle incluso la vida. No le importa. “Mis padres y mi hijo están conscientes de esto. Y sí, me da orgullo la historia de mi país”. Prefiere no cumplir los cuarenta y uno, si el precio es el silencio. Verbal o plástico.
Qué le pasó a Juan Loyola, que un día dejó de ser un muchacho típico, y se convirtió en un muchacho patriota; es algo que tal vez ni él mismo sepa. “Es que un país donde todos son cómplices, yo me convierto en una cosa rara. Así me siento tranquilo. Desde que me conozco, lo único que hecho es pelear. Y si parezco un libro de Cuarto Grado, me contento. Todo mi sueño parte de ahí, de la historia que aprendí de niño, y que ahora que soy viejo, respeto”.
Habla de lo subversiva que es la historia de Venezuela y se mete en el papel. “Yo cambiaría el himno nacional. Porque el nuestro es el único del mundo que le canta ‘al vil egoísmo que otra vez triunfó’. Y que no me vengan a decir que en el pasado se hablaba así, y que la interpretación. Vivimos en el presente y debería ser actualizado. Con razón estamos como estamos: con unos niñitos cantándole todas las mañanas al vil egoísmo que otra vez triunfó…”.
Y da su versión: “si cambiáramos la palabra ‘choza’ por ‘rancho’, sería un himno mucho más real. Lo que pasa es que aquí se quieren olvidar que hay pobres”. Y canta: “Y el pobre en su rancho libertad pidió”. Y elimina lo del egoísmo triunfante por “a este santo nombre se unió con amor, la fuerza del pueblo que otra vez triunfó”. El santo nombre es la libertad. “Porque, ¿qué es eso? ¿qué el vil egoísmo tembló y nos jodió?”
“Yo invitaría a todo el mundo a que se hicieran un cubrecama con los colores de la bandera y que durmieran arropados por su bandera. Porque es lo único grande que nos queda. Yo sé que exagero. ¿Y sabe por qué exagero? Porque si el último pensamiento fuese con la patria, y el primero del día fuese con la patria, las cosas serían distintas”.
Cree Loyola que el país simplemente debe llegar al caos para volver a comenzar. Pero no menciona a nadie que pueda dirigir ese nuevo comienzo. Hace un silencio largo. “No. Nadie. No veo nada”. Le da la vuelta, y sin nombres, habla de la necesidad de armar un equipo de gente nueva, con reconocida capacidad, que dirija al país. “No necesariamente de los partidos. Simplemente gente con el pasado limpio. No tengo lista. Debemos reconstruir al país y pedirle al presidente que renuncie. Tiene que renunciar, por dignidad, porque no lo quieren. ¿Qué puede ser peor? Nosotros tendremos que pagar los costos, el castigo. Nosotros somos culpables. Y creo que estamos en capacidad de asumirlo”.
“Hasta que esto no se termine, no podremos hablar de futuro. Porque de lo contrario, seguiremos poniendo parches, hasta que la represa ya no aguante más, se desborde y nos ahogue. El día en que raspen a todos esos jueces bandidos –y si quieren, me pueden meter preso, para que justifiquen el sueldo–, las cosas cambiarán. El día que haya gente honrada en estos tribunales, venezolanos de verdad, ese día las cosas serán distintas”.
“Bolívar lo dijo: ‘Donde no hay justicia, no puede existir libertad’. Y yo le agrego:
Ni libertad, ni democracia, ni progreso, ni vivienda, ni salud, ni servicios, ni nada”.
LOS VEINTE MILLONES
Habla del reciente video donde participaron artistas de todo el país, y se comienza a revolver otra vez en el asiento. “¡Qué falta de respeto a los cantores! Yo creo que han caído por inocentes. ¡Mira que pedirle al pueblo que se sacrifique por la democracia, que es una vaina que en este país no existe! ¿Por qué no le pidieron al gobierno que castigue a los corruptos y que rectifique sus medidas criminales contra el pueblo? Lo que le dicen a la gente es que protesten trabajando, ¡como si no trabajaran!”.
Cree además que se apropiaron de un concepto que él ha venido desarrollando a nivel artístico durante más de diez años. Y aunque la bandera es de todo el mundo, lo que hicieron los productores del video es una copia de lo suyo. “Sí, me llamaron, pero yo no me quise prestar para todo eso”.
Y se vuelve a enfurecer, y aclara que quieren cambiarle lo dicho por sus “galerías de mierda, y no me da la gana”. Expone en hoteles, va y viene por todo el país, con una exposición itinerante, costeada por su propio bolsillo. Y según dice, le va muy bien.
Su última rabia está pintada de azul y blanco en la autopista Francisco Fajardo. Se instaló con unos cuantos amigos y pintó las piedras en tricolor. Pero el gobierno lo consideró de mal gusto –por decir lo menos– , y prefirió tonos un poco más sureños. El artista se lamenta, con más rabia que otra cosa. Pese a todo, comienza a ser hábito.
En cualquier caso, es una forma de vida que seguirá llevando. De alguna manera, se siente a gusto, siendo la piedra en el zapato. Él mismo se califica. Cuestión de costumbre.
LA REVISTA DE CARACAS
12 de julio de 1992.
Existen artistas plásticos que sus compromisos políticos sociales no se reflejan con rotundidad en la obra, incluso en aquellas sociedades donde, según afirmaba Pío Baroja, » un hombre un poco digno no podrá ser en este tiempo más que un solitario». Y por supuesto, de soledad se alimenta Loyola, y de sociedad, para impregnar su obra y pensamiento a la práctica, huyendo, desde luego, como sugiere Antonio Machado, «de la contemplación de nosotros mismos». Su vínculo íntimo, de amor y pasión, con Venezuela, con toda Latinoamérica, le conduce al rechazo de los corruptos personajes públicos que usan de la política como pantalla para enriquecerse, y son capaces de cualquier vileza. Ya lo decía sin disimulo el genial Francisco de Quevedo, en la conocida letrilla de 1603, titulada “Poderoso Caballero es Don Dinero”:
«Madre, yo al oro me humillo:
él es mi amante y mi amado…»
Es lógico, pues, que Loyola realice un conjunto de actividades de videos, cuya misión es la de provocar para denunciar toda clase de inmoralidades, conteniendo, los videos, por lógica, un fuerte punto intelectual, pero menos artístico que la mayoría de sus textos, prosa y verso, y de sus cuadros. No obstante, reafirmamos que para comprender a Loyola es ineludible un análisis en panorámica de todas sus formas de expresión.
Como hombre y artista vive lo actual en palpable compromiso, y su pintura resulta fiel reflejo de una radical e inolvidable idiosincrasia. En dicho sentido, cabe recordar el pensamiento de Naum Gabo y Antonio Pevsner, coincidente con el de Loyola en cuanto a su postura respecto a la realidad. Dicen: «Dejamos atrás el pasado como una carroña. Dejemos el porvenir para los profetas. Para nosotros, tomamos el presente».
Como muy pronto veremos, la obra pictórica, en disimulado pasaje, se carga de una polisemia inscrita en dos áreas: los fondos que generan sugerencia espacial, y la materia situada sobre éstos, que configuran un variado campo formal. Los fondos, primera capa pictórica, están hechos con muy escaso grosor, en tonalidades que se alejan del espectador para obtener profundidad, y con tres variantes: Dos franjas paralelas bien delimitadas, o en clara interrelación mediante gradaciones, en muy variados niveles, y colocando una especie de ventana en los costados del lienzo, para encauzar la mirada hacia el centro. Superpone a los fondos trazos gestuales, bandas rectangulares, trazos signales colocados directamente con el tubo, gruesas salpicaduras, círculos espontáneos e informales, y la bandera venezolana. Todo ello nos ata a un dinamismo eterno, excepto la bandera según comprobaremos, fusionando, en gran parte, con el pensamiento de Heráclito, cuando apoya un Universo en continuo devenir, en perpetua transformación, pensamiento aplicado, aquí, al anhelo por una sociedad venezolana más justa.
Asimismo, la zona del fondo nos catapulta hacia componentes líricos, mar y cielo, o dramáticos, en armónica dependencia con el color, mejor dicho, gracias a éste. El resto de lo plasmado siempre adquiere matices trágicos, de fuerza expresiva, salvo algún trazo signal revestido de alegría. Conocida es la incoherente Ley de Venezuela que sólo permite el uso de la bandera al gobierno con fines partidistas. Loyola emplea dicho símbolo como arma para reivindicar su libre utilización y las graves injusticias que permean la sociedad venezolana. Y esto, le ha costado la cárcel. En los cuadros, la bandera resulta elemento imprescindible para equilibrar la composición, como argumento para insistir en su derecho a utilizarla, y para que todo extranjero identifique su obra como venezolano. Obsérvese también, que en los costados se prolonga de forma expresionista, desgarrada, para seguir diferentes problemas sociopolíticos.
Juan Loyola es, por carácter, hombre amante de la armonía, muy afectivo, incansable, analítico del vasto vivir. Sus sentidos son antenas desde la razón. Busca trascenderse; de ahí su afirmación: «Más allá del más allá, donde termina el infinito, y comienza el lenguaje del silencio”. No tolera la injusticia, lo cual le impide permanecer indiferente o buscar el fácil éxito. Apuesta por una sociedad donde la ilusión sea norma, y la pobreza, inexistente, siendo, por entonces, cuando la aventura podría transcurrir en la cotidianidad.
San Juan de Puerto Rico, 14 de febrero de 1988.
A veces no basta la imagen. Ni bastan el gesto más elocuente ni la palabra exacta, ni el grito, ni el sonido.
Para nombrar al hombre y evocar su deseo antiguo, para señalar el instante y decir la ausencia, a veces se requiere tanto de signos como de sombras, de máscaras y de reflejos, de silencio.
«Acosado por el perfume de sus fantasmas» (para usar sus propias palabras), y buscando reconstruir el itinerario originario y esquivo, Juan Loyola inventa y mezcla caminos: escribe imágenes y pinta poemas, representa textos, dibuja eventos. Sabe que el sentido siempre aparece en escena distinta que la prevista y lo acecha en lugares diversos.
La pintura es un camino. Loyola traza caligrafías, y pinta formas sin forma, en esa imagen delicada y violenta que habla de paisajes sin horizontes y en el lenguaje lánguido de los sueños.
El ritual es otra posibilidad. Aún mantiene la sabiduría antigua que permite integrar forma y sonido, vincular danza con texto y hacer entrar el cuerpo mismo en la ilusión de la escena.
Además, el rito conserva el poder obscuro de la magia y el miedo. La denuncia de la corrupción política, de la discriminación y el ecocidio, caminos a su vez, para imaginar entero al hombre y a la mujer entera, requiere a veces de la provocación, necesita arrancar la bandera de la escena oficial y plantarla en encrucijadas, en parajes extranjeros, para pedir que no miremos lo real con la mirada fija del funcionario público; para devolver a la bandera su calidad de metáfora.
Es que el gesto y el nombre, la figura y la voz, sirven para recordarnos que mas allá de la opresión, y apenas más acá del límite, hay un mil argumentos para conjurar la muerte, enfrentándole un espejo, y para deshacer el hechizo del tiempo, abriendo el puro presente del prohibido.
Ticio Escobar
Asunción, marzo de 1990.
Las circuntancias por las cuales entramos en contacto con el arte o con el artista son siempre infinitas. Mi relación amistosa con Juan Loyola pasa de 10 años.
Nuestros encuentros han sido siempre de «persona a persona»: intercambios, definiciones, conceptualizaciones, fotografías, video, super 8, ecología, patria, próceres, tiempo presente…
Desde sus espectaculares intervenciones ecológicas en Margarita se fue gestando una secuencia de acontecimientos que han dejado surcos.
Las Intervenciones de Loyola arrancan de las circunstancias:
1.-Querer vivir tranquilo en el mundo; y 2.- Constatar las contradicciones que lo impulsan a la intervención, necesaria para contribuir con el esclarecimiento colectivo de los miembros de la sociedad.
Intervenir, como lo hace Loyola, no es cosa fácil; es asunto riesgoso. Los límites entre símbolos son muy complejos… hace falta la materia prima (que en este caso es la ENERGIA).
Loyola es conceptual, es el artista de la ACCION, es PEDAGOGO (su palabra ha sido escuchada en todas las universidades de America Latina y Europa, donde su incesante viajar lo ha llevado).
El punto alcanzado en mayo de 1990 compromete su integridad moral de por vida: cualquier falla de Loyola sería un voto a favor del pesimismo y la confusión.
Estos tiempos son buenos: la sociedad es sensible a las acciones patrióticas de Loyola; el artista cuenta hoy con la atención de todos los seres inconformes…; pareciera que sus acciones lo trascienden.
Mientras haya injusticias, vergüenzas, corrupciones, contradicciones, la voz o la acción de Loyola estarán manifiestas, y qué suerte para la sociedad contar con un ser valiente y honesto, que, a riesgo de todo, va dejando el testimonio de una vida y de un quehacer.
Los nuevos lenguajes, tan complejos, tan delicados de descifrar plenamente, ponen delante de nosotros situaciones que, en el tiempo, habrán de alcanzar el justo valor y el merecido reconocimiento.
Claudio Perna, Mayo de 1990.
Servio Tulio Hernández
Llevé mucho tiempo para penetrar en la obra de Juan Loyola, porque no quise aceptar los conceptos que abundan sobre ella, autorizados y tenaces. No podía repetirlos. Y por respeto al artista, no podía hablar con palabras prestadas.
Me quedaba la primera impresión que tuve de él cuando lo conocí, con una cámara de fotografía, cerca del mar azul de Margarita, la isla de horizontes malvas, de verdes marinos de esperanza.
Y con esa cámara volví a encontrármelo después, bajo otro azul, el del cielo de Medellín; con otros verdes, los de las ceibas, que tienen las raíces de la raza antioqueña.
Allí estaba, impetuoso, abierto, rebelde por convicción; al lado de la voz mayor de América, la de Alfredo Sadel. Y para estar allí, así, se necesitaba ser un artista, para nollegar de advenedizo a un ceremonial como aquél, donde era el corazón de la tierra lo que palpitaba en aquellas canciones que esa Voz dejaba incrustadas para siempre en la piel de los pueblos.
Estaba en la Medellín del Arte, con un grupo de pintores, frente a la Bienal, erguido como un roble, irrumpiendo por sobre los convencionalismos para hacerse presente como artista del mundo. Y he ahí lo paradójico y verdadero de su obra. Una obra universal, con el predominio del caribeño verde-azul del mar de su isla.
Juan, el de la poesía en las telas de su pintura. Juan, el pintor en sus poemas. Un día en Venecia, viajando en una góndola con la bandera –su patria– , desplegada sobre su corazón. Otro, en Sao Paulo, con el pabellón en su voz, pregonando la geografía del continente, macerada y pisoteada por fuerzas extranjeras. Y Juan, casi un adolescente, con la cabeza partida, con hilos de sangre corriendo por su frente; con ese grito hondo, acusador, como una consigna para aquéllos que no revocan su decisión de ser libres.
Sangre y mar hay en su obra, con un sabor de pan en las banderas, por ser hechas de un trigo libertario. Porque también en sus poemas y en sus cuadros está su pueblo desbordando las fronteras para levantar la libertad, que quedó flameando como un fuego amarillo, azul y rojo, como un grito que viniera del tiempo, rompiendo las cadenas opresoras.
Juan Loyola curando árboles, heridos de muerte por seres que perdieron con el alma el concepto del arte de la vida. Loyola, artista de la naturaleza. Juan, cubriendo con sus manos y pinturas las grietas de la montaña, sintiendo el dolor endurecido de las piedras; curando las heridas del agua.
Así está en sus cuadros Juan Loyola, que gritan y sangran como él. Así, asaeteado, como un nuevo San Sebastián de las trincheras.
Su obra está por sobre todas las tendencias y conceptos.
Asunción, 6 de abril de 1990.
La carga polémica que sustenta toda la obra del artista venezolano Juan Loyola, es la expresión de la rebelión individual de un creador suramericano. Es también la conciencia aguda de la repulsa colectiva de una generación.
La crisis de identidad latinoamericana se expresa a través de toda la gama de denuncias individuales y colectivas de la injusticia social.
Pintor, escultor, cineasta, performancista, Juan Loyola es el hombre orquesta, del rechazo de todas las opresiones, el cantor de una sociedad idealista, donde el hombre sería tratado en su justa medida.
La paradoja desarrolla su propia lógica, a la desmesura de la rebelión y del rechazo, a través de sus acciones, de sus presentaciones, sus manifiestos, Juan Loyola acusa a la élite corrompida de su país, y también las formidables complicidades de la conciencia colectiva; la injusticia se desarrolla con mayor comodidad, cuando ella cuenta con la complicidad de la resignación y el egoísmo de las pequeñas diferencias.
Denunciar la condición inhumana de Venezuela, en espera de mañanas mejores para una tierra que él ama, tal es el ambicioso programa de Juan Loyola, tal es el peligro de una tal apuesta de orden, tanto estética como ética, y en efecto, la única arma que posee el artista, ante todos los abusos del poder, reside en su conciencia moral, y el grado de compromiso correspondiente, que él está en medida de asumir.
Los grandes momentos del discurso moral son la alegoría y la metáfora.
Juan Loyola siempre quedará para mí arropado en los pliegues de la bandera de su país, una imagen tricolor amarilla, azul y roja: los colores del sol, el mar y la sangre.
La identificación de un hombre con la simbólica de los colores de este emblema nacional, es sin duda, algo que puede parecer banal, en extrema sentimentalidad, y sin embargo, del sol a la sangre, de la luz a la muerte, es todo un destino que se inscribe, cuando se vive en un país, cuando la escala de valores, que uno considera como primordial, es pisoteada de una manera constante y sistemática.
Yo estoy consciente del talento de Juan Loyola, creo en su obstinación y en su fe por la causa justa. Pero él nos parece ser, de esa carne emocional hipersensible, de la que están hecha los mártires.
Yo lo admiro, con mucha ternura y concretamente, yo tengo miedo por él.
Mientras los artistas plásticos hacían su original protesta ante los tribunales de justicia, citando aforismos de Bolívar, el exótico anarquista Peter Anton pretendía quemar la urna del Libertador. Ocurrió el mismo día cuando las tropas se preparaban para que no ocurra lo del 27 de febrero, al salir las masas a la calle por el aumento de las tarifas del transporte. La gasolina subirá, y por eso los pilotos reclaman un aumento de sus salarios en un ciento por ciento. La revuelta de los plásticos es acaso el augurio de mayores sobresaltos, porque los artistas siempre han sido los heraldos del cambio. Courbet derribando la estatua de Napoleón; Cézanne, conspirador con Emil Zolá; Gauguin y Van Gogh peleándose con la policía de Arlés; Picasso con el anatema de Guernica en las narices de los invasores tudescos; Goya como testigo y animador de la revuelta contra la opresión; Cellini, el rebelde contumaz; y así hasta Reberón, el nuestro, quien se aisló para no ver la decadencia; y Jacobo Borges, pintor de Rómulo, el Malo. Los plásticos, auténticos siempre, han marchado a la cabeza de los contestatarios, y no han cedido en sus luchas contra la injusticia.
Los plásticos de Caracas han marchado hacia los tribunales y las oficinas del Congreso para expresar su descontento. Peter Anton quería repudiar a Bolívar o acaso salvarlo de la contaminación ambiental. ¿Cosas de orates o gesto de iluminados? Pareciera la reacción inusual del país profundo, el país real, el país atormentado, el país al margen de la hipocresía y de los convencionalismos.
Estas protestas recientes miden el grado subjetivo de la descomposición colectiva y revelan que existen muchos jóvenes que no se avienen por lo cotidiano y salen a expresar su inconformidad. Tal vez por eso se preparan las tropas para nuevas o eventuales manifestaciones contra el orden establecido.
El líder de los plásticos de la Escuela “Cristóbal Rojas” es un mozo de apellido Loyola, como Ignacio, el luchador armado de la Compañía de Jesús. Buena premonición en punto al éxito del movimiento plástico, que se pregonó en la protesta su lema inexorable: «El arte es la verdad, porque crea lo que debe ser». ¡Cuidado con un plástico convertido a la postre en un Fujimori!. Los artistas suelen ver lo que sólo miran lo poetas: el lado oculto y misterioso de las cosas, lo hermoso y lo eterno. Por eso me ha emocionado y sorprendido positivamente la protesta de los artistas plásticos. No todo se ha perdido en esta crucial escapatoria hacia la mentira y el despojo, con los vivos de Recadi, más vivos que nunca, y las investigaciones parlamentarias como las «feuilles mortes», de Ives Montand. ¡Adelante, muchachos pintados, camorreros de Pajaritos, y precursores de un tiempo mejor!.
“Pinto para correr peligro”, dice Juan Loyola con ese martilleo sentencioso de todas sus confesiones.
Peligro y arte, sinónimos de una carrera vertiginosa hacia “el mas allá del allá”.
Cada uno de los pasos de este gran artista venezolano es un riesgo asumido.
“Crear, dice el artista, es un don entre lo divino y lo infinito, un riesgo peligroso”.
Como ha afirmado el poeta José Lira Sosa: “El uso y aprovechamiento de los colores primarios de la bandera nacional, que en cualquier otro corría el riesgo de convertirse en tic retórico de la más baja estofa patriotera, en Loyola revive y flamea como llama rebelde, haciendo renacer el símbolo que dormitaba ajado y entristecido, a la espera de ser colgado, oloroso a naftalina, en el próximo día de júbilo aldeano”.
Esos colores primarios puestos frente a su época, y tatuados en su piel o en las calles del mundo, son el emblema de una ideología, el grito de un artista que pinta para existir, para sentirse libre, para enarbolar la esperanza cuando ella parece perdida.
Y es que Loyola, hombre de esta época, no escandaliza por escandalizar, no grita por gritar, su escándalo está arraigado en una historia de sangre, su grito se eleva hasta el confín porque lleva una desgarradura de su patria; esa patria que, con furia y pasión, él muestra en cada uno de sus lienzos y performances.
Denunciar para el artista es un deber cotidiano. Polemizar es una necesidad vital.
Pero cómo se denuncia, cómo se polemiza. He ahí una muestra ejemplar de su sentido equilibrio. Ni su denuncia cotidiana, ni su polémica vital, se muestran como desencarnadura o panfleto. Ambas están dadas en su más alta expresión estética.
El gestualismo abstracto, el cromatismo emotivo, juegan un papel decisivo en el acabado de su obra. Todo se asume en un lirismo que alcanza nivel sinfónico.
Ante sus cuadros, ante sus chatarras coloreadas o sus palomas tricolor, sentimos un calor inmenso de humanidad. Y eso no se debe sólo a la coloración de sus imágenes y al misterio que irradian, sino al pensamiento que las sustenta.
Pensamiento y arte en conjunción armónica.
Alguien podrá calificar su arte de conceptual. Lo es, sin duda, pero yo diría más. Yo calificaría su arte con un adjetivo poco más cercano a lo sensual, y no una sensualidad que nos instala por el camino del pensamiento en la magia de lo colectivo. Vemos un cuadro de Loyola y sentimos una sensación de gozo por el color, un movimiento de plasticidad que nos conduce al tiempo contemporáneo en que vivimos, y nos devuelve la fe en lo eterno. Porque lo eterno es ese instante que el artista nos da y que es insustituible. Esa reinvención de la realidad que en nuestro pintor es ya un leit motiv.
Su hacer, un contenido poético de múltiples mensajes. Todos remitidos a un antiguo origen, a un antiguo deseo de rasgar en la piedra, de arañar en la lámina más sensible del cielo. El gesto fuerte, provocativo de su pintura, equivale el asalto a una barricada enemiga. Su mirada, fija, poderosa, se plasma en el papel, en el lienzo, en la pared, como un rayo fulminante.
Nada en su obra es gratuito. Cada una de sus metáforas lleva un mensaje social; lleva por dentro como a él le gusta expresar.
Y esas espinas que duelen, que hacen derramar una sangre invisible, son como ideogramas de un mundo sostenido por las sólidas bases filosóficas.
En la época que exalta la muerte histórica, Loyola nos da con su arte genuino una lección mayor.
Su bandera, la de su dolida Venezuela, se multiplica en símbolos de carne y hueso. El artista la convierte en masas. Ya no es únicamente la bandera de su país, es la bandera de un continente.
Un estandarte de muchos ojos. Con arte de demiurgo el amarillo, azul y rojo, el mar y la sangre como síntesis de un futuro que algún día el hombre alcanzará.
La pintura de Juan Loyola, pues, es una alegoría al canto del hombre. El único canto posible, el canto que clama por un mundo que no sea solamente un mundo más, sino un universo de justicia e igualdad social.
Con su arte gestual al desnudo, con sus performances a la intemperie, Juan Loyola nos da un admirable ejemplo de libertad.
Ni estridente ni ponderado. Sencillamente él, en el centro de sus dominios artísticos e intelectuales. Una unidad que se cierra en ella misma, irrepetible y compacta.
Su mayor virtud hoy que su obra ha dejado de ser patrimonio personal es la de hacernos más ricos, obligándonos a asumir una aventura social. Obligándonos a correr los riesgos que él diariamente corre.
Dejamos de ser solitarios cuando estamos ante una de sus obras. Dejamos de ser solitarios cuando le escuchamos en uno de sus largos discursos poéticos.
Dejamos de ser solitarios cuando le vemos rodar embadurnado, tiñendo de amarillo, azul y rojo, los predios de la corrupción y la mentira.
Dejamos de ser solitarios, cuando al filo del abismo, nos encontramos con él, pluma de águila, para decirle, hermano, gracias por mostrarnos una vez más que el arte es tan necesario a la vida como el simple acto de respirar.
Miguel Barnet
Para quienes han seguido superficialmente la trayectoria artística de Juan Loyola, lo que más debe sorprenderles son sus cambios súbitos, sus tranformaciones estilísticas radicales, sus saltos aparentemente al vacío, que sin embargo le han llevado a cotas cada vez más altas dentro del mundo del arte nacional y mundial.
Y es que ninguno de esos cambios, de esas tranformaciones, de esos saltos, han sido gratuitos. Cada uno de ellos ha sido tomado, si no como resultado de una profunda meditación estética, de un análisis provocado por la crisis existencial del artista, han sido inspirados en una imperiosa necesidad de expresión creativa, asumiendo a sabiendas todos los riesgos, incluido el corporal, en una posición que desde hace mucho tiempo trascendió lo simplemente artístico.
Tanto sus performances, en los cuales nunca han estado ausentes sus preocupaciones sociales, que le sirven para hacer furiosas denuncias, como sus «cajas negras», donde la palabra poética se entremezcla con los elementos visuales, o sus cartones desgarrados, desechos del Puerto Libre, elevados a la categoría artística, a fuerza de aplicaciones cromáticas, no excentas de un lirismo desbordante. Todas estas «etapas» hubieran bastado a cualquier otro artista que no fuera Juan Loyola, y en cualquiera de ellas se hubiese afincado por largo tiempo para extraer el máximo de sus ricos e insólitos laberintos. Pero Loyola les abandonaba con igual o mayor celeridad de la que le había sido necesaria para descubrirlas y revelarlas.
Posiblemente a Loyola no acaban de satisfacerle, en alguna de estas manifestaciones, el hecho de tener que realizarlas en recintos o espacios apropiados para los «sucesos» artísticos, y que por ende la provocación quedara reducida al publico habitual de tales eventos. De allí que no tuviera empacho de irse a campo abierto, en el corazón de la ciudad, a plena intemperie, en el mismo lugar donde yacen los restos de una civilización botarata y despilfarradora. Trabajando ante los ojos del vecindario, frente a los citadinos de mirada desorbitada por el asombro, dio inicio a la etapa de las «chatarras», en la cual esos residuos herrumbrosos, que manchan y afean nuestras ciudades, quedaban convertidos en obras de arte esplendorosas, luciendo el tricolor que los burócratas confunden con el símbolo de la patria, con los pases del taumaturgo que es nuestro artista, a golpe de brocha y pintura industrial. Pero las autoridades no permiten el embellecimiento del espacio urbano y arremeten con toda la fuerza de su autoridad contra ese arte.
Lo cual, por otra parte, facilita la filmación de una película proyectada con regularidad en los grandes festivales mundiales del género.
Actualmente, Juan Loyola ha llevado sus chatarras al lienzo. Al comienzo, es evidente la relación, pero después éstas se van desvaneciendo, para convertirse en puros colores primarios, a veces sólo sugeridos en puntos desparramados por la tela.
Hoy acaba de realizar estas piezas. Como es obvio, en el caso de Juan Loyola, no tenemos la menor idea de lo que con idéntica furia podrá crear mañana. Sin embargo, para quienes le veníamos siguiendo desde sus comienzos, en eso se radica su gran fuerza como artista, en no permitirnos, con su trabajo del momento, saber hacia dónde saltará el próximo instante.
Quizás ni él mismo lo sepa, y es lo que hace más serios y más auténticos sus permanentes cambios. Cada uno es un riesgo que asume a plenitud.
Juan Loyola es un artista que obliga a quien se acerca a su obra a asumir posiciones extremas. O se le acepta o se le admira, sin reparo y con el mayor respeto. O se le rechaza y se le ataca sin contemplaciones. Felizmente quienes le admiramos y le respetamos somos cada día una mayoría creciente que gana más y más adeptos, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, mientras que en el segundo grupo se reduce y se contrae condenado a quedar limitado a desaforados guardianes del llamado «orden público». Esto lo decimos porque Loyola, en tanto que artista, no se priva de ninguna forma de expresión con tal de hacer escuchar su mensaje, el cual, sin poses ideologizantes ni demagógicas fluye del mundo de la cultura al de la política, anudándolos y entrelazándolos, para convertirse en la materia de su manifestación estética.
VIDEOS DE LOYOLA
Frank Padrón Nodarse
(Crítico cubano)
Enfrentarse con estos documentales no es otra cosa que entrar en contacto con el mismo artista que los genera: Juan Loyola está en ellos de cuerpo entero, y no sólo, claro, porque le vemos engrandeciendo la imagen con su enorme figura de cíclope-niño, inundando la película con su fuerza y su virtud. Es, sobre todo, porque la potencia telúrica de su arte recorre estos videos; avanza la imagen móvil con el éxtasis del ensueño y la cadencia, signos de su pintura, códigos de esos murales donde el color, el abigarramiento y el dinamismo lanzan gritos de vida a cada paletazo, a cada golpe de poesía.
Loyola y sus banderas, Loyola y sus alaridos, Loyola y sus gamas, Loyola en una perenne performance, donde desafía a la policía, al silencio, al conformismo. En estos videos laten todas sus inquietudes; está el mapa que recorre del hombre al artista, del artista al hombre, y esa intersección prístina, juguetona e imperceptible donde ambos se funden y se pierden en el otro.
No se conforma el artista con pintar y decir; ya fuera bastante la obra, para remover sus montañas, para sondear sus mares, pero él sabe que no es suficiente y grita, literalmente, ante lo mal hecho. Sus reclamos saltan de los murales a la propia sociedad; de la aparente mudez del museo a la calle; de la mirada complaciente del espectador a un terremoto en su interior: al que aspira el artista con esas banderas encendidas, esos montes coloreados y acalorados, esas moles de rojos y azules que encienden otros colores en el iris de quien observa…
Juan Loyola no se conforma con el pincel y la pistola; también usa la cámara, como otro bisturí, otra mano, otro par de alas. Entonces, en encuadres inquietos, en planos inclinados, movedizos y traviesos, va narrando su plástica y su entorno; las gentes que se agrupan para degustar sus criaturas; las calles que prestan sus aceras y rincones para cada nuevo acto de fe que significa su arte; el propio movimiento que rodea sus murales y que él imita, enriqueciéndolos.
En cada mural, otra exigencia, otro desafío, otra meta.
Y en estos videos hay ese mismo aletear, esa vibración de sensibilidad y técnica, ese envolverse en bandera y ser. En definitiva, bandera, eso es también Juan Loyola.
“»Supe ser abandono y no preocuparle a nadie. Este mismo infierno me llevó a dividir con una matemática implacable, sirvo y luego no sirvo. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil. Durante el ocaso de tantas autopistas desgasté el milenario caucho que extrajeron de la raíz misma del árbol, de la raíz misma de la vida. Rodé. El engranaje de una maquinaria aceitada fue el sutil himno que toqué ante cada semáforo verde, amarillo y rojo. Sangre de humo de este siglo, metal forjado que desnuda status y confort. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
Juan Loyola regresa después de dos años de silencio. Regresa sin demasiados aspavientos. Al fin de cuentas, sus mensajes siempre han herido al señor orgullo, al señor nacionalista, al señor conservador, al señor optimista. Al señor. Su regreso es corto, estará presente con sus propuestas del 9 al 19 de abril en “Espacio Vital”. Un lugar nacido como casa, sentido como arte, para que él mismo se exprese: “El arte es una orquesta sinfónica de sentimientos, que habla a través de una piel creada, para inmortalizar los instantes de un ser, que desnudo se entrega a la nada. El creador es un diminuto ser gigante, capaz de dar al hombre, la ternura de aquel lugar invisible, con el que llena de alegrías desafiantes el espacio que se ha quedado vacío”.
“Un día detuve la marcha. Ya basta, dije. No hubo ternura, no hubo caricia que bastara para mi dolor de pistón. Entonces llegaron miles de manos, conciertos de grasa, que mutilaron el alma agonizante. Pieza por pieza; desnudo producido en las horas anónimas de la noche; esqueleto por esqueleto. Frío chasis que anunció la vida en retirada. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
El mismo Loyola ha denominado su regreso como el de Gira Nacional 1991, en la cual despuntarán sus pinturas, videos, fotografías y poemas. “El arte es un pedazo de paraíso sin tiempo que nació precisamente para detener ese fantasma, es algo que brinca en nuestros corazones, es como un niño que no ha sido vestido de vicios y de límites. ¡El arte es el más allá del allá!”.
“Di la bienvenida al óxido, a la callada intemperie que viste a los que en sueños y pesadillas nos entregamos al rocío nocturno. Pasó la desidia frente a mis ojos y se ancló en mí. El país sucumbió miradas de derrota ante el ánimo pueril del robo. El país fui yo. Monumento erigido en homenaje a la fuerza corrupta de estos lados, apreciado hito que ubico al ingenuo y al ignorante en los días que se estaban viviendo. Fui basura. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
A Juan Loyola le siguen empujando los mismos intereses artísticos y conceptuales de hace varios años. “Venezuela, tú me dueles demasiado” es el lema que se encierra en este regreso. Y pese a poseer un interesante recorrido en exposiciones individuales y colectivas, su presencia es recordada por sus irreverentes intervenciones en la vida pública de la vida citadina: “El arte es la geología del tiempo, que desabrocha las sorpresas, el único matrimonio que no tiene divorcio, hasta que la muerte nos separe. Nada nos detiene, nada, ni la muerte. La muerte nos destruye, no nos detiene. Fui denuncia desesperada, último intento por recobrar el aliento de un país que se estaba perdiendo. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
Loyola asegura que se le ha dado la espalda, que ninguna galería o institución museística se encuentra interesada en mostrar su obra, sus instalaciones. Él cree que es un válido vehículo del pueblo, aquella palabra olvidada, para trasmitir tanto disgusto producido por los últimos gobernantes. Es por eso que una amiga ha prestado una casa en la Floresta, para que presente su arte, lo exhiba. De todas maneras promete que esto no es todo. Afirma que pronto vendrá un “asalto” muy similar al realizado en el Palacio de Justicia. Porque la desidia, al fin de cuentas, también promete continuar: “Pinto porque me encuentro solo, cargado de amor, y no sé cómo entregarlo, Pinto porque descubro un vacío parecido al mío, humano. Pinto porque a veces quiero gritar y no me sale el aliento. Pinto porque me parece una manera especial de estar con Dios. Pinto para atajar el tiempo que se me escapa entre los dedos. Pinto para escapar de las cárceles. Pinto también para correr peligro. Pinto para despedirme con grandeza. Pinto porque a veces estoy herido, porque un susurro me dice “aguanta”, y otro murmullo, “continúa”.
© 2022 Juan Loyola | Design and Develop by Posa Studio Creativo