Reportajes

La Obra de Loyola

Servio Tulio Hernández

Llevé mucho tiempo para penetrar en la obra de Juan Loyola, porque no quise aceptar los conceptos que abundan sobre ella, autorizados y tenaces. No podía repetirlos. Y por respeto al artista, no podía hablar con palabras prestadas.

Me quedaba la primera impresión que tuve de él cuando lo conocí, con una cámara de fotografía, cerca del mar azul de Margarita, la isla de horizontes malvas, de verdes marinos de esperanza.

Y con esa cámara volví a encontrármelo después, bajo otro azul, el del cielo de Medellín; con otros verdes, los de las ceibas, que tienen las raíces de la raza antioqueña.

Allí estaba, impetuoso, abierto, rebelde por convicción; al lado de la voz mayor de América, la de Alfredo Sadel. Y para estar allí, así, se necesitaba ser un artista, para nollegar de advenedizo a un ceremonial como aquél, donde era el corazón de la tierra lo que palpitaba en aquellas canciones que esa Voz dejaba incrustadas para siempre en la piel de los pueblos.

Estaba en la Medellín del Arte, con un grupo de pintores, frente a la Bienal, erguido como un roble, irrumpiendo por sobre los convencionalismos para hacerse presente como artista del mundo. Y he ahí lo paradójico y verdadero de su obra. Una obra universal, con el predominio del caribeño verde-azul del mar de su isla.

Juan, el de la poesía en las telas de su pintura. Juan, el pintor en sus poemas. Un día en Venecia, viajando en una góndola con la bandera –su patria– , desplegada sobre su corazón. Otro, en Sao Paulo, con el pabellón en su voz, pregonando la geografía del continente, macerada y pisoteada por fuerzas extranjeras. Y Juan, casi un adolescente, con la cabeza partida, con hilos de sangre corriendo por su frente; con ese grito hondo, acusador, como una consigna para aquéllos que no revocan su decisión de ser libres.

Sangre y mar hay en su obra, con un sabor de pan en las banderas, por ser hechas de un trigo libertario. Porque también en sus poemas y en sus cuadros está su pueblo desbordando las fronteras para levantar la libertad, que quedó flameando como un fuego amarillo, azul y rojo, como un grito que viniera del tiempo, rompiendo las cadenas opresoras.

Juan Loyola curando árboles, heridos de muerte por seres que perdieron con el alma el concepto del arte de la vida. Loyola, artista de la naturaleza. Juan, cubriendo con sus manos y pinturas las grietas de la montaña, sintiendo el dolor endurecido de las piedras; curando las heridas del agua.

Así está en sus cuadros Juan Loyola, que gritan y sangran como él. Así, asaeteado, como un nuevo San Sebastián de las trincheras.

Su obra está por sobre todas las tendencias y conceptos.

Asunción, 6 de abril de 1990.

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