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“Pinto para correr peligro”, dice Juan Loyola con ese martilleo sentencioso de todas sus confesiones.
Peligro y arte, sinónimos de una carrera vertiginosa hacia “el mas allá del allá”.
Cada uno de los pasos de este gran artista venezolano es un riesgo asumido.
“Crear, dice el artista, es un don entre lo divino y lo infinito, un riesgo peligroso”.
Como ha afirmado el poeta José Lira Sosa: “El uso y aprovechamiento de los colores primarios de la bandera nacional, que en cualquier otro corría el riesgo de convertirse en tic retórico de la más baja estofa patriotera, en Loyola revive y flamea como llama rebelde, haciendo renacer el símbolo que dormitaba ajado y entristecido, a la espera de ser colgado, oloroso a naftalina, en el próximo día de júbilo aldeano”.
Esos colores primarios puestos frente a su época, y tatuados en su piel o en las calles del mundo, son el emblema de una ideología, el grito de un artista que pinta para existir, para sentirse libre, para enarbolar la esperanza cuando ella parece perdida.
Y es que Loyola, hombre de esta época, no escandaliza por escandalizar, no grita por gritar, su escándalo está arraigado en una historia de sangre, su grito se eleva hasta el confín porque lleva una desgarradura de su patria; esa patria que, con furia y pasión, él muestra en cada uno de sus lienzos y performances.
Denunciar para el artista es un deber cotidiano. Polemizar es una necesidad vital.
Pero cómo se denuncia, cómo se polemiza. He ahí una muestra ejemplar de su sentido equilibrio. Ni su denuncia cotidiana, ni su polémica vital, se muestran como desencarnadura o panfleto. Ambas están dadas en su más alta expresión estética.
El gestualismo abstracto, el cromatismo emotivo, juegan un papel decisivo en el acabado de su obra. Todo se asume en un lirismo que alcanza nivel sinfónico.
Ante sus cuadros, ante sus chatarras coloreadas o sus palomas tricolor, sentimos un calor inmenso de humanidad. Y eso no se debe sólo a la coloración de sus imágenes y al misterio que irradian, sino al pensamiento que las sustenta.
Pensamiento y arte en conjunción armónica.
Alguien podrá calificar su arte de conceptual. Lo es, sin duda, pero yo diría más. Yo calificaría su arte con un adjetivo poco más cercano a lo sensual, y no una sensualidad que nos instala por el camino del pensamiento en la magia de lo colectivo. Vemos un cuadro de Loyola y sentimos una sensación de gozo por el color, un movimiento de plasticidad que nos conduce al tiempo contemporáneo en que vivimos, y nos devuelve la fe en lo eterno. Porque lo eterno es ese instante que el artista nos da y que es insustituible. Esa reinvención de la realidad que en nuestro pintor es ya un leit motiv.
Su hacer, un contenido poético de múltiples mensajes. Todos remitidos a un antiguo origen, a un antiguo deseo de rasgar en la piedra, de arañar en la lámina más sensible del cielo. El gesto fuerte, provocativo de su pintura, equivale el asalto a una barricada enemiga. Su mirada, fija, poderosa, se plasma en el papel, en el lienzo, en la pared, como un rayo fulminante.
Nada en su obra es gratuito. Cada una de sus metáforas lleva un mensaje social; lleva por dentro como a él le gusta expresar.
Y esas espinas que duelen, que hacen derramar una sangre invisible, son como ideogramas de un mundo sostenido por las sólidas bases filosóficas.
En la época que exalta la muerte histórica, Loyola nos da con su arte genuino una lección mayor.
Su bandera, la de su dolida Venezuela, se multiplica en símbolos de carne y hueso. El artista la convierte en masas. Ya no es únicamente la bandera de su país, es la bandera de un continente.
Un estandarte de muchos ojos. Con arte de demiurgo el amarillo, azul y rojo, el mar y la sangre como síntesis de un futuro que algún día el hombre alcanzará.
La pintura de Juan Loyola, pues, es una alegoría al canto del hombre. El único canto posible, el canto que clama por un mundo que no sea solamente un mundo más, sino un universo de justicia e igualdad social.
Con su arte gestual al desnudo, con sus performances a la intemperie, Juan Loyola nos da un admirable ejemplo de libertad.
Ni estridente ni ponderado. Sencillamente él, en el centro de sus dominios artísticos e intelectuales. Una unidad que se cierra en ella misma, irrepetible y compacta.
Su mayor virtud hoy que su obra ha dejado de ser patrimonio personal es la de hacernos más ricos, obligándonos a asumir una aventura social. Obligándonos a correr los riesgos que él diariamente corre.
Dejamos de ser solitarios cuando estamos ante una de sus obras. Dejamos de ser solitarios cuando le escuchamos en uno de sus largos discursos poéticos.
Dejamos de ser solitarios cuando le vemos rodar embadurnado, tiñendo de amarillo, azul y rojo, los predios de la corrupción y la mentira.
Dejamos de ser solitarios, cuando al filo del abismo, nos encontramos con él, pluma de águila, para decirle, hermano, gracias por mostrarnos una vez más que el arte es tan necesario a la vida como el simple acto de respirar.
Miguel Barnet
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