Reportajes

Diálogo Abierto

JUAN LOYOLA: DIALOGO ABIERTO POR UNA GRAN VENEZUELA

Comandante Luis Alfonso Godoy.

“Qué soledad tan inmensa,
qué difícil es vivir
a la patria con amor,
aunque me cueste la vida”

Conocí a Juan Loyola en el velorio de otro Juan, Ibarra Riverol, mi jamás ausente compañero de causa, asesinado por el mismo poder que asesina a la Patria. Las palabras que me dijo tenían tanta profundidad y sentimiento reconfortantes, que no pude evitar la reflexión inmediata sobre los llamados «punks”. Jamás hubiera podido imaginar siquiera, que detrás de esa apariencia engañosa del momento, se escondía un hombre tan serio, profundo y preocupado, verdaderamente, por el destino del país. Era la imagen y contenido totalmente opuestos a los de nuestro incongruente machismo.

Mi asombro no tuvo límites, cuando en el clímax de mi riesgo; cuando era el blanco fijo de cualquier francotirador, se puso a mi lado, para continuar ante la opinión pública, lo que había empezado con un militar, insustituible y con alma de héroe.

Descubrí que el valor y la renunciación a la vida, por causas justas y patrióticas, ni es exclusivo del militar, ni de los hombres con apariencia de macho.

Coincidencialmente, una mujer, pero no una mujer cualquiera, en ese mismo lugar y día, también decidió, con vocación de heroína, compartir el riesgo común: Esperanza Martinó. Una dama y un “punk”. Dos “locos”. Así llaman en Venezuela, a quienes se niegan a la complicidad con el sistema y lo enfrentan sin miedo a las peligrosas represalias de sus gobernantes.

No es tan fácil diferenciar entre un artista que toma el camino de la revolución, y un revolucionario que haya incursionado en el mundo de las artes. Pero en el caso de Juan Loyola esta duda es inexistente. El artista y el revolucionario auténtico están presente en la mente, alma y corazón de este singular pintor, poeta, performancista, cineasta y hombre de luchas riesgosas por los más elevados ideales de patria.

Cuando se ve a Juan Loyola a distancia, nadie puede imaginar que en él hay todo un vértice de fuego y el volcán mismo de la más patriótica de las revoluciones. Loyola es, en sí mismo, la revolución. Esa que tanto el país necesita: la de Juan. Como su nombre. La del pueblo y para el pueblo. La que acaba con tantos abusos e injusticias en contra de los más necesitados.

Por ella, Juan Loyola ha venido realizando un difícil y peligroso trabajo en el campo del arte. Que casi siempre tiene el epílogo de ir a parar entre rejas, porque el régimen no tolera verdades espectaculares. Ni a individuos de conducta distinta a la impuesta por la “disciplina” de partido a sus miembros: el silencio, el encubrimiento, la mentira.

Poner entre rejas a un artista, y hasta de arrastrar y amenazar con la destrucción de su obra, cuando está utilizando moralmente su lenguaje artístico para expresar su patriotismo, es encarcelar y destruir brutalmente el arte. Le han quemado sus obras. Lo han botado de los salones de arte. Lo han botado hasta de la calle. Han tratado de ocultar todo su trabajo. En nuestro país. Por expresar verdades completas. En el extranjero ha sucedido todo lo contrario. Él y su obra gozan de estimación y aprecio.

Es que acaso el arte tiene que estar comprometido con el sistema, con su corrupción y sus crímenes, para que sus autores puedan realizarlo sin riesgo. En Venezuela es un delito ser artista, y patriota inconforme y activo; ser honesto y luchar con dignidad y sin cortapisas contra una realidad bochornosa y execrable. El execrador resulta execrado.

El artificio descalificador (utilizado por los más descalificados) es decirle públicamente, a todo el que exprese algo consistente en contra de sus fechorías, que “es un pantallero en busca de publicidad”. La incapacidad para asimilar el mensaje crítico profundo, libre y sin miedo del remitente, refleja la pobreza interior de los destinatarios, que siempre reaccionan con la represión. Juan Loyola defiende, hasta con su vida, ese sagrado derecho a la libertad de expresión, a través del Arte no convencional ni entreguista. No acepta la manipulación de su lenguaje artístico, ni el ejercicio de un arte sumiso, a cambio de favorecimiento o cuotas de poder. Se rebela contra los convencionalismos y la hipocresía sistematizada.

Juan Loyola interviene, verdaderamente, con su arte, la realidad actuante. Con el firme propósito de contribuir a su cambio, a su corrección, en aras del bien común. Sustituye los juicios artísticos clásicos de la belleza externa del arte, por los de la belleza interior, oculta en sus elevados propósitos de transformación positiva de lo que repudia, a través de su espectro humano y artístico. Esa estética, junto con lo ético-moralizante de su mensaje, dirigido a hollar en la consciencia de la sociedad, para que reaccionen, configuran la síntesis de la hipersensibilidad de su arte humano, frente a la problemática nacional que le tortura. El hombre, el artista y la realidad, son un ente único, en función de patria, a través de una simbología propia. Es un obstinado por contribuir a la edificación en la Venezuela que sueña y ama. Por eso va siempre más allá de lo puramente artístico, para convertirse en El Artista de la Denuncia Profunda.

La obra de Juan Loyola ha traspasado las barreras de nuestras fronteras, con excelentes reconocimientos en Alemania, Italia, Francia, Bélgica, Canadá, Brasil, Ecuador, Colombia. Personas de la talla de Julio Le Parc han escrito para reconocer su extraordinario talento y méritos. Uno de los críticos de arte más serios y destacados del mundo, el ítalo-francés Pierre Restany, ha expresado, en su divulgado escrito “Juan Loyola o la rebelión de un creador sudamericano”, los conceptos más elogiosos y justos sobre su persona, su personalidad artística y su obra.

La pregunta es inevitable, ante la realidad de este joven y multifacético artista, singular y audaz, que se ha proyectado internacionalmente por esfuerzo propio: ¿Por qué los críticos venezolanos, a pesar de los años de trabajo y del sacrificio de Juan Loyola, y de sus reconocidos méritos en el exterior, nunca han escrito nada sobre él, ni para bien, ni para mal? ¿Será porque, todo aquel que asume en nuestro país una auténtica posición de defensa de los verdaderos valores del individuo y de la sociedad, cae en el peligroso desprecio de una práctica execrable, de marginamiento y destrucción de su obra? ¿O es que solamente tiene validez para nosotros lo ortodoxo, lo dogmático, lo sistemático?

Lo que puedo responder a mí mismo, sin temor a equivocarme, es que ha habido una inmensa injusticia de los profesionales de la crítica del arte para con este compatriota.

Cuando Venezuela conozca también al Juan Loyola poeta, verá cuánta grandeza de alma y riqueza espiritual ha permanecido desaprovechada en este multifacético cultor de las Bellas Artes.

Como militar, me es honesto confesar que no he tenido la oportunidad de conocer a alguien, incluido yo mismo, que ame tanto nuestra Bandera Nacional, como Juan Loyola. “Quisiera que cada venezolano colocara la Bandera como cubrecama, para que al acostarse y al levantarse, su primer y último pensamiento de cada día sea Venezuela; y así aprenderíamos a querer más a nuestro país”, le oí decir en alguna oportunidad a este artista del tricolor nacional. Bien podríamos bautizarlo como Juan “Bandera” Loyola.

Los venezolanos estamos comprometidos moralmente a seguir de cerca las manifestaciones de su arte sin par. El pueblo debe estar pendiente de su mensaje. Está dirigido siempre a favorecerlo.

La realidad de Juan Loyola no es distinta a la mía. El motivo de preocupación esencial es el mismo: Venezuela. El modo de proceder, idéntico: la denuncia de fondo. Ambos somos agentes de una posición activa, incesante e irreductible, que sólo cuenta para unos pocos, e inútil y quijotesca para la mayoría.

Por esa coincidencia feliz, y por todo lo extraordinario que hay en Juan Loyola, estoy presente junto a su obra y a su perseverante esfuerzo nacionalista. Venezolanista.

Los venezolanos todavía no sabemos cuánto vale su sana pasión por la patria.

No obstante, todo lo admirable que hay en él, y sus elevados propósitos, es paradógicamente muy significativo que, desde París, Pierre Restany haya dicho: “…Yo tengo miedo por él”.

Galería Los Espacios Cálidos, Ateneo de Caracas
El Nacional, 27 de abril de 1986.

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