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A veces no basta la imagen. Ni bastan el gesto más elocuente ni la palabra exacta, ni el grito, ni el sonido.
Para nombrar al hombre y evocar su deseo antiguo, para señalar el instante y decir la ausencia, a veces se requiere tanto de signos como de sombras, de máscaras y de reflejos, de silencio.
«Acosado por el perfume de sus fantasmas» (para usar sus propias palabras), y buscando reconstruir el itinerario originario y esquivo, Juan Loyola inventa y mezcla caminos: escribe imágenes y pinta poemas, representa textos, dibuja eventos. Sabe que el sentido siempre aparece en escena distinta que la prevista y lo acecha en lugares diversos.
La pintura es un camino. Loyola traza caligrafías, y pinta formas sin forma, en esa imagen delicada y violenta que habla de paisajes sin horizontes y en el lenguaje lánguido de los sueños.
El ritual es otra posibilidad. Aún mantiene la sabiduría antigua que permite integrar forma y sonido, vincular danza con texto y hacer entrar el cuerpo mismo en la ilusión de la escena.
Además, el rito conserva el poder obscuro de la magia y el miedo. La denuncia de la corrupción política, de la discriminación y el ecocidio, caminos a su vez, para imaginar entero al hombre y a la mujer entera, requiere a veces de la provocación, necesita arrancar la bandera de la escena oficial y plantarla en encrucijadas, en parajes extranjeros, para pedir que no miremos lo real con la mirada fija del funcionario público; para devolver a la bandera su calidad de metáfora.
Es que el gesto y el nombre, la figura y la voz, sirven para recordarnos que mas allá de la opresión, y apenas más acá del límite, hay un mil argumentos para conjurar la muerte, enfrentándole un espejo, y para deshacer el hechizo del tiempo, abriendo el puro presente del prohibido.
Ticio Escobar
Asunción, marzo de 1990.
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