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“»Supe ser abandono y no preocuparle a nadie. Este mismo infierno me llevó a dividir con una matemática implacable, sirvo y luego no sirvo. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil. Durante el ocaso de tantas autopistas desgasté el milenario caucho que extrajeron de la raíz misma del árbol, de la raíz misma de la vida. Rodé. El engranaje de una maquinaria aceitada fue el sutil himno que toqué ante cada semáforo verde, amarillo y rojo. Sangre de humo de este siglo, metal forjado que desnuda status y confort. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
Juan Loyola regresa después de dos años de silencio. Regresa sin demasiados aspavientos. Al fin de cuentas, sus mensajes siempre han herido al señor orgullo, al señor nacionalista, al señor conservador, al señor optimista. Al señor. Su regreso es corto, estará presente con sus propuestas del 9 al 19 de abril en “Espacio Vital”. Un lugar nacido como casa, sentido como arte, para que él mismo se exprese: “El arte es una orquesta sinfónica de sentimientos, que habla a través de una piel creada, para inmortalizar los instantes de un ser, que desnudo se entrega a la nada. El creador es un diminuto ser gigante, capaz de dar al hombre, la ternura de aquel lugar invisible, con el que llena de alegrías desafiantes el espacio que se ha quedado vacío”.
“Un día detuve la marcha. Ya basta, dije. No hubo ternura, no hubo caricia que bastara para mi dolor de pistón. Entonces llegaron miles de manos, conciertos de grasa, que mutilaron el alma agonizante. Pieza por pieza; desnudo producido en las horas anónimas de la noche; esqueleto por esqueleto. Frío chasis que anunció la vida en retirada. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
El mismo Loyola ha denominado su regreso como el de Gira Nacional 1991, en la cual despuntarán sus pinturas, videos, fotografías y poemas. “El arte es un pedazo de paraíso sin tiempo que nació precisamente para detener ese fantasma, es algo que brinca en nuestros corazones, es como un niño que no ha sido vestido de vicios y de límites. ¡El arte es el más allá del allá!”.
“Di la bienvenida al óxido, a la callada intemperie que viste a los que en sueños y pesadillas nos entregamos al rocío nocturno. Pasó la desidia frente a mis ojos y se ancló en mí. El país sucumbió miradas de derrota ante el ánimo pueril del robo. El país fui yo. Monumento erigido en homenaje a la fuerza corrupta de estos lados, apreciado hito que ubico al ingenuo y al ignorante en los días que se estaban viviendo. Fui basura. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
A Juan Loyola le siguen empujando los mismos intereses artísticos y conceptuales de hace varios años. “Venezuela, tú me dueles demasiado” es el lema que se encierra en este regreso. Y pese a poseer un interesante recorrido en exposiciones individuales y colectivas, su presencia es recordada por sus irreverentes intervenciones en la vida pública de la vida citadina: “El arte es la geología del tiempo, que desabrocha las sorpresas, el único matrimonio que no tiene divorcio, hasta que la muerte nos separe. Nada nos detiene, nada, ni la muerte. La muerte nos destruye, no nos detiene. Fui denuncia desesperada, último intento por recobrar el aliento de un país que se estaba perdiendo. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil”.
Loyola asegura que se le ha dado la espalda, que ninguna galería o institución museística se encuentra interesada en mostrar su obra, sus instalaciones. Él cree que es un válido vehículo del pueblo, aquella palabra olvidada, para trasmitir tanto disgusto producido por los últimos gobernantes. Es por eso que una amiga ha prestado una casa en la Floresta, para que presente su arte, lo exhiba. De todas maneras promete que esto no es todo. Afirma que pronto vendrá un “asalto” muy similar al realizado en el Palacio de Justicia. Porque la desidia, al fin de cuentas, también promete continuar: “Pinto porque me encuentro solo, cargado de amor, y no sé cómo entregarlo, Pinto porque descubro un vacío parecido al mío, humano. Pinto porque a veces quiero gritar y no me sale el aliento. Pinto porque me parece una manera especial de estar con Dios. Pinto para atajar el tiempo que se me escapa entre los dedos. Pinto para escapar de las cárceles. Pinto también para correr peligro. Pinto para despedirme con grandeza. Pinto porque a veces estoy herido, porque un susurro me dice “aguanta”, y otro murmullo, “continúa”.
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