Reportajes

Como si estuviera solo

Pedro Lemebel.

En Latinoamérica, la historia de las Artes Visuales, redobla, por imitación, la gran historia del arte universal. Un doble coloniaje estético sustenta los andamios del arte mestizo que, a destiempo, fue reproduciendo los estilos y las modas culturales, con el “rictus” gastado de la iconografía cultural. También, esa inspiración retocada de rapé impuso el status sagrado del artista, que lo ponía sobre los demás mortales, y su obra era un objeto de consumo para la élite, amante de los códigos iluminados de las bellas artes.

A partir de los “ready makes” de Duchamp, o los performances e instalaciones de Benys, dos propuestas que rebajan y desmaterializan el bello objeto, el arte contemporáneo agudiza el cuestionamiento de las vanguardias a la tradición. Surgen corrientes que irán socavando el comercio de las obras y la trascendencia esotérica del arte, por aproximaciones a la realidad contingente, apostando a la acción y al gesto político, más que a la mano artesana del artista. Estos sismos culturales tienen repercusión en América Latina, que también redobla la crítica y el desmantelamiento de la catedral artística. Corrientes conceptuales, arte pobre, body art, y otras, van a ser usadas por los artistas de acá para producir obras transgresoras de su marco opresor.

Así, las artes visuales se cruzan con los sucesos políticos que enmarcaron su propuesta en las dos últimas décadas: las dictaduras militares, la ocupación del territorio y la utopía liberadora del continente. En estas décadas, surgen artistas que, más allá de la tela, pusieron el cuerpo como soporte de batalla, al graffiti como alfabeto clandestino, la acción colectiva por la individualidad metafísica, o las producciones de sentido (ideas) por el formato artesanal. Estos artistas rechazaron la institución museo-galería, y efectúan sus trabajos e intervenciones en el espacio público, abierto y anónimo del transeúnte.

De esta manera, los tiempos recientes fueron un escenario activo para el desacato político a la empresa del arte. Quizás, uno de los gestores menos conocido, o más bien, anulado por su radicalidad, es el venezolano Juan Loyola, un artista conceptual que enarbola su bandera, instalándola en los lugares menos institucionales. Hace flamear su tricolor venezolano, devolviéndole al fetiche nacionalista una libertad que desritualiza el trapo oficial y lo ocupa, para arropar su territorio, traficado por el oro norteamericano.

Pero, también para Loyola la bandera es un arcoiris de tres puntas, y esos colores primarios (amarillo, azul y rojo) son su paleta de pintor. Como si lo primario se relacionara con lo indígena de su cara. Como dice un comentarista: “el uso de la bandera, que en cualquier otro correría el riesgo de convertirse en un tic retórico de la más baja estofa patriotera, en Loyola revive y flamea como llama rebelde, haciendo renacer el símbolo que dormita ajado y entristecido a la espera de ser colgado, oloroso a naftalina, en el próximo día de júbilo aldeano”.

Pareciera que Loyola sangra este tricolor, en cada apropiación de los lugares que interviene, le da a cada espacio el tratamiento político-estético que arrea la oficialidad, y enarbola una pluralidad de sentidos. Una constante de conflicto con la institución y las fuerzas del orden, que continuamente desmantelan su trazado.

Juan Loyola nació en Caracas, en 1952, y pudo vivir las utopías de los sesenta. Gestor de numerosas acciones artísticas, destaca entre ellas la “Rebelión de los Plásticos” : frente a los tribunales de justicia, un gran número de artistas de la escuela “Cristóbal Rojas”, de Caracas, se adhirió a las masivas protestas por el aumento de las tarifas del transporte. Ese día, salieron las tropas a la calle. Este es uno de los sucesos conflictivos que ha protagonizado Loyola en Venezuela, que, como otros, le han valido la cárcel, la negación de los espacios culturales, y el aislamiento por una obra nada complaciente.

Más allá de las fronteras de su patria, Loyola ha participado en varias Bienales importantes, como las de Venecia y Sao Paulo; también ha recorrido el mundo, desplegando su Venezuela tricolor en el “kitsch” del trópico iridiscente.

Hablar de Loyola es también hablar de su apuesta contra el mercado del arte, en su infinito afán transgresor y creativo. De sus incursiones en la poesía, más bien, de su poética patria, que se desterritorializa en el uso inusual de los emblemas. En un solo gesto trata de recuperar la autonomía y desalojar la modernidad norteamericana que arrasó con su Venezuela. La boca yanqui que se tomó hasta la última gota de petróleo, el “oro negro” que Loyola reembolsa a la tierra, estrujando el trapo nacional y su colorido respeto.

Abordar su obra es hacerle justicia a un productor cultural latinoamericano, que se toma el arte conceptual como desacato a la depredación extranjera. Así, Loyola adopta el gesto vanguardista foráneo, y lo revierte como denuncia frente a la misma ocupación. Es como si “aprendiera la lengua dominante, pero para maldecirla”. O se revistiera de un nacionalismo exacerbado para pluralizar una retoma de sitio.

La obra de Loyola sólo se conoce por los registros fotográficos y por una colección de fotopostales que dan cuenta de sus numerosos trabajos plásticos. En ellas, se observan sus intervenciones corporales en Venezuela y otras partes del mundo. Como en la isla de Margarita, un lugar paradisíaco, pero traficado por yates y gringos ociosos. Allí, el artista despliega la bandera, recuperando, en ese gesto político , su independencia. Pero, también los colores primarios se funden con el paisaje y con Loyola, que sustenta el entorno con el mástil en la mano. El azul se “calipsa” con el Caribe, el amarillo calienta el sol de las arenas, y el rojo coincide con la camisa de Loyola, sangrándole el pecho de púrpura india.

Otra de las intervenciones en Margarita lo muestran sobre la arena, bajo un alud de autos en miniatura, pintados de tricolor. Ahí, Loyola es el suelo herido por carreteras y autos que dejan un cementerio de escombros en la piel dorada de la isla. Más bien auguran el desastre ecológico en el espacio natural que usan las grandes potencias como basurero de la modernidad.

Otro trabajo que hace en la isla, en 1988, es una intervención llamada “Como si estuviera solo”. Frente a dos espejos, Loyola se refleja multiplicado, como rodeándose de sí mismo, acosado por su propia creación. Como si él fuera una isla en medio de otra isla. Quizás como última rebeldía, que, solitaria, se enclaustra en el caleidoscopio de los espejos.

Ese mismo año es invitado a la Bienal de Venecia, donde realiza una performance, en la plaza de San Marcos, que él llama “Intervención y diálogo con una paloma tricolor” . Este trabajo pareciera ser una inversión del diálogo cultural entre América y Europa. Loyola pinta una de las muchas palomas de la plaza con su reiterado tricolor, y él se viste en blanco y negro, invirtiendo raza por fauna, al trasvertir al pájaro italiano con el tornasol de los papagayos. Es decir, Loyola es un papagayo en Europa, y el diálogo cultural se transforma en una conversa de aves que no tienen nada en común, excepto el picoteo de las migas que arrojan los turistas de Venecia.

Este artista venezolano no se deja seducir por la maqueta europea del arte, y reitera su porfía indoamericana en París. En otra acción que titula “Intervención a mi propia identidad”, Loyola se maquilla el rostro y la cabeza con la franja amarillo-rojo-azul. Pero el azul traza rayos, simulando las tormentas del cielo venezolano. En un salón de peluquería o estética francesa, Loyola atenta contra su propio rostro indígena con el “make up” de la cuna de la moda. Con este gesto es como si dijera: estoy en París, pero todo París me ve latinoamericano, por eso me pinto de pájaro tropical sobre el maquillaje tercermundista.

Al regreso de Europa, Loyola no pierde oportunidad para producir obras, y en el mismo avión se retrata con la banda presidencial y un cartel donde se lee: “Bienvenido Presidente”. Así, parodia la seriedad del gobernante con una mueca que tuerce el discurso oficial.

Antes, en el año 1982, en una de sus primeras instalaciones llamada “Chatarra”, utilizó chasis de automóviles pintados de bandera, con un cartel que decía: “Hecho en Venezuela”. Uno de los pocos críticos que hablan de su obra dijo: “Trabajando ante los ojos del vecindario dio inicio a la etapa de las chatarras. Esos residuos herrumbrosos que manchan nuestras ciudades, quedaban convertidos en brillantes obras de arte, luciendo el tricolor que los burócratas confunden con el signo de la patria”. A esto mismo, Loyola le agrega: “Esqueleto por esqueleto, frío chasis que anunció la vida en retirada. Fui vehículo, fui fiel y fui inútil. Fui denuncia desesperada, último intento por recobrar el aliento de un país que se estaba perdiendo”.

Acaso Loyola presiente que la modernidad se lleva su huella de tierra en su barrido. Acaso este mismo Loyola retiene por un momento un arcoiris que cree suyo, y que se lo arrebatan, mixturándolo, contagiándolo del tecno, de la siutiquería de la teleserie venezolana, del “chévere” de Caracas y sus caracoles de espejos, que pálidamente reflejan a la indiada venezolana. Acaso Loyola, con su polémica obra, es la repulsa colectiva de toda una generación que vio impotente el desmantelamiento de sus ideales. Testigos de la usurpación del territorio, convertido en carroña reciclada para el consumo de la llamada postmodernidad. Seguramente, este artista y otros son los últimos ecos de un pasado reciente que acusa la crisis de la identidad latinoamericana.

De esta manera, Loyola quedará enredado para siempre en los pliegos de su bandera. Como dice Pierre Restany: “Es la identificación de un hombre con la simbólica de los colores patrios, que puede ser banal en su extrema sentimentalidad y, sin embargo, es un destino que se inscribe en un país donde todos los valores son pisoteados sistemáticamente”.

Aunque a destiempo, este año tendremos en Chile a este artista, que ha visto retrasada su venida por el nuevo conservadurismo artístico imperante, y también por el arte postmoderno, que lo relega a un esencialismo patriótico.

El Museo de Arte Contemporáneo está haciendo las gestiones para que visite nuestro país.

Sin duda, será interesante ver la otra cara de la Venezuela televisiva. Las plumas tricolores de Loyola flameando al sur de la utopía tercermundista. En fin, un excedente de la vanguardia latinoamericana, arrasada por el recambio de los ’90, que, como dice Loyola: “fue vehículo, fue fiel y fue inútil”.

“PAGINA ABIERTA” No. 86, Quincena del 26 de abril al 9 de mayo de 1993.
Diario LA NACION, Santiago de Chile.

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