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Mientras los artistas plásticos hacían su original protesta ante los tribunales de justicia, citando aforismos de Bolívar, el exótico anarquista Peter Anton pretendía quemar la urna del Libertador. Ocurrió el mismo día cuando las tropas se preparaban para que no ocurra lo del 27 de febrero, al salir las masas a la calle por el aumento de las tarifas del transporte. La gasolina subirá, y por eso los pilotos reclaman un aumento de sus salarios en un ciento por ciento. La revuelta de los plásticos es acaso el augurio de mayores sobresaltos, porque los artistas siempre han sido los heraldos del cambio. Courbet derribando la estatua de Napoleón; Cézanne, conspirador con Emil Zolá; Gauguin y Van Gogh peleándose con la policía de Arlés; Picasso con el anatema de Guernica en las narices de los invasores tudescos; Goya como testigo y animador de la revuelta contra la opresión; Cellini, el rebelde contumaz; y así hasta Reberón, el nuestro, quien se aisló para no ver la decadencia; y Jacobo Borges, pintor de Rómulo, el Malo. Los plásticos, auténticos siempre, han marchado a la cabeza de los contestatarios, y no han cedido en sus luchas contra la injusticia.
Los plásticos de Caracas han marchado hacia los tribunales y las oficinas del Congreso para expresar su descontento. Peter Anton quería repudiar a Bolívar o acaso salvarlo de la contaminación ambiental. ¿Cosas de orates o gesto de iluminados? Pareciera la reacción inusual del país profundo, el país real, el país atormentado, el país al margen de la hipocresía y de los convencionalismos.
Estas protestas recientes miden el grado subjetivo de la descomposición colectiva y revelan que existen muchos jóvenes que no se avienen por lo cotidiano y salen a expresar su inconformidad. Tal vez por eso se preparan las tropas para nuevas o eventuales manifestaciones contra el orden establecido.
El líder de los plásticos de la Escuela “Cristóbal Rojas” es un mozo de apellido Loyola, como Ignacio, el luchador armado de la Compañía de Jesús. Buena premonición en punto al éxito del movimiento plástico, que se pregonó en la protesta su lema inexorable: «El arte es la verdad, porque crea lo que debe ser». ¡Cuidado con un plástico convertido a la postre en un Fujimori!. Los artistas suelen ver lo que sólo miran lo poetas: el lado oculto y misterioso de las cosas, lo hermoso y lo eterno. Por eso me ha emocionado y sorprendido positivamente la protesta de los artistas plásticos. No todo se ha perdido en esta crucial escapatoria hacia la mentira y el despojo, con los vivos de Recadi, más vivos que nunca, y las investigaciones parlamentarias como las «feuilles mortes», de Ives Montand. ¡Adelante, muchachos pintados, camorreros de Pajaritos, y precursores de un tiempo mejor!.
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