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Doris Seguí
Lo menos que se puede decir de Juan Loyola es que es el último patriota. Para muestra, basta con la grabación de su contestadora telefónica: “Aquí un Juan Loyola feliz, amando a mi patria desde el fondo de mí mismo. Arrancándole a la vida un pedazo de esperanza, un pedazo de amor, para compartirlo contigo. Deja tu nombre y teléfono. Te deseo la mayor suerte del mundo”.
Es así. Pintor compulsivo, de todas las versiones, habidas y por haber, del tricolor nacional; poeta y , por sobre todo, un enamorado con celos enfermizos de una novia que se llama Venezuela. Es considerado subversivo. A juicio de muchos, ofende al símbolo patrio.
Ha estado preso por lo menos treinta veces, y asegura haber sido golpeado, apaleado y perseguido. Pero no le importa. Él sigue en la pelea, porque se siente un valor en el momento en que los valores están resurgiendo a fuerza de crisis. “Todo el mundo se arrinconó en su individualidad…creyendo que el excremento que se levantaba no los tocaría. Hasta que los tocó, como ha tocado a todo el que vive en este país”.
Loyola tiene más de diez años anunciándolo. Cuando nadie hablaba del Banco Mundial, cuando sólo la élite sabía de la existencia del Fondo Monetario Internacional, como un hecho cotidiano, y tal vez perturbador. Ya por esos días, andaba haciendo performances por Sao Paulo, anunciándole al mundo, con una foto de Vinicio Carrera entre pecho y espalda, que el FMI iba a hacer que se mataran hermanos con hermanos. Todo a fuerza de miseria.
“Hasta hoy la gente (e incluyo a los intelectuales) creía que yo estaba loco cuando gritaba y peleaba. El problema es que el conocimiento te ata irremediablemente a la realidad. Ser intelectual no es una fiesta”. Se revuelve en la silla, gesticula, manotea, se levanta, camina, grita. “Y la única musa verdadera que existe es la realidad”.
Habla del amor a la patria, en días cuando el tema es cualquier cosa menos la patria. Cuando el dólar puede ser protagonista. O un buen software, o la crisis del gobierno, y cómo afecta al hombre común. Hasta de Chávez. El país, pero no la patria. Todo, pero no la patria. Y uno se siente como si el libro de Historia de Venezuela, de Cuarto Grado, hablara: la bandera, el escudo y el himno nacional.
Juan Loyola, bien vestido, “porque no me da la gana de que me vean zarrapastroso y digan que ando pelando bola”, reclama y grita. “Es fácil ser revolucionario cuando no se tiene nada. Pero cuando se tiene, es mucho lo que se arriesga”. Y está consciente de que el asunto puede costarle incluso la vida. No le importa. “Mis padres y mi hijo están conscientes de esto. Y sí, me da orgullo la historia de mi país”. Prefiere no cumplir los cuarenta y uno, si el precio es el silencio. Verbal o plástico.
Qué le pasó a Juan Loyola, que un día dejó de ser un muchacho típico, y se convirtió en un muchacho patriota; es algo que tal vez ni él mismo sepa. “Es que un país donde todos son cómplices, yo me convierto en una cosa rara. Así me siento tranquilo. Desde que me conozco, lo único que hecho es pelear. Y si parezco un libro de Cuarto Grado, me contento. Todo mi sueño parte de ahí, de la historia que aprendí de niño, y que ahora que soy viejo, respeto”.
Habla de lo subversiva que es la historia de Venezuela y se mete en el papel. “Yo cambiaría el himno nacional. Porque el nuestro es el único del mundo que le canta ‘al vil egoísmo que otra vez triunfó’. Y que no me vengan a decir que en el pasado se hablaba así, y que la interpretación. Vivimos en el presente y debería ser actualizado. Con razón estamos como estamos: con unos niñitos cantándole todas las mañanas al vil egoísmo que otra vez triunfó…”.
Y da su versión: “si cambiáramos la palabra ‘choza’ por ‘rancho’, sería un himno mucho más real. Lo que pasa es que aquí se quieren olvidar que hay pobres”. Y canta: “Y el pobre en su rancho libertad pidió”. Y elimina lo del egoísmo triunfante por “a este santo nombre se unió con amor, la fuerza del pueblo que otra vez triunfó”. El santo nombre es la libertad. “Porque, ¿qué es eso? ¿qué el vil egoísmo tembló y nos jodió?”
“Yo invitaría a todo el mundo a que se hicieran un cubrecama con los colores de la bandera y que durmieran arropados por su bandera. Porque es lo único grande que nos queda. Yo sé que exagero. ¿Y sabe por qué exagero? Porque si el último pensamiento fuese con la patria, y el primero del día fuese con la patria, las cosas serían distintas”.
Cree Loyola que el país simplemente debe llegar al caos para volver a comenzar. Pero no menciona a nadie que pueda dirigir ese nuevo comienzo. Hace un silencio largo. “No. Nadie. No veo nada”. Le da la vuelta, y sin nombres, habla de la necesidad de armar un equipo de gente nueva, con reconocida capacidad, que dirija al país. “No necesariamente de los partidos. Simplemente gente con el pasado limpio. No tengo lista. Debemos reconstruir al país y pedirle al presidente que renuncie. Tiene que renunciar, por dignidad, porque no lo quieren. ¿Qué puede ser peor? Nosotros tendremos que pagar los costos, el castigo. Nosotros somos culpables. Y creo que estamos en capacidad de asumirlo”.
“Hasta que esto no se termine, no podremos hablar de futuro. Porque de lo contrario, seguiremos poniendo parches, hasta que la represa ya no aguante más, se desborde y nos ahogue. El día en que raspen a todos esos jueces bandidos –y si quieren, me pueden meter preso, para que justifiquen el sueldo–, las cosas cambiarán. El día que haya gente honrada en estos tribunales, venezolanos de verdad, ese día las cosas serán distintas”.
“Bolívar lo dijo: ‘Donde no hay justicia, no puede existir libertad’. Y yo le agrego:
Ni libertad, ni democracia, ni progreso, ni vivienda, ni salud, ni servicios, ni nada”.
LOS VEINTE MILLONES
Habla del reciente video donde participaron artistas de todo el país, y se comienza a revolver otra vez en el asiento. “¡Qué falta de respeto a los cantores! Yo creo que han caído por inocentes. ¡Mira que pedirle al pueblo que se sacrifique por la democracia, que es una vaina que en este país no existe! ¿Por qué no le pidieron al gobierno que castigue a los corruptos y que rectifique sus medidas criminales contra el pueblo? Lo que le dicen a la gente es que protesten trabajando, ¡como si no trabajaran!”.
Cree además que se apropiaron de un concepto que él ha venido desarrollando a nivel artístico durante más de diez años. Y aunque la bandera es de todo el mundo, lo que hicieron los productores del video es una copia de lo suyo. “Sí, me llamaron, pero yo no me quise prestar para todo eso”.
Y se vuelve a enfurecer, y aclara que quieren cambiarle lo dicho por sus “galerías de mierda, y no me da la gana”. Expone en hoteles, va y viene por todo el país, con una exposición itinerante, costeada por su propio bolsillo. Y según dice, le va muy bien.
Su última rabia está pintada de azul y blanco en la autopista Francisco Fajardo. Se instaló con unos cuantos amigos y pintó las piedras en tricolor. Pero el gobierno lo consideró de mal gusto –por decir lo menos– , y prefirió tonos un poco más sureños. El artista se lamenta, con más rabia que otra cosa. Pese a todo, comienza a ser hábito.
En cualquier caso, es una forma de vida que seguirá llevando. De alguna manera, se siente a gusto, siendo la piedra en el zapato. Él mismo se califica. Cuestión de costumbre.
LA REVISTA DE CARACAS
12 de julio de 1992.
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